El pliegue

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El pliegue 

«Fuera un hombre, a quien sé que es honesto y opulento, y con quien vivo en íntima amistad, entrara en mi casa, donde estoy rodeado de mis sirvientes, estoy seguro de que no me apuñalará antes de irse para robarme mi tintero de plata; y no sospecho más de este evento que del derrumbe de la casa, que es nueva y sólidamente construida y fundada. Pero puede haber sido tomado por una locura repentina y desconocida. Así también puede surgir un súbito terremoto y sacudir y derrumbar mi casa alrededor de mis vidas. Por lo tanto cambiaré de suposición…Diré que sé con certeza que no va poner su mano en el fuego y mantenerla allí hasta que se consuma: Y este evento creo que puedo preverlo con la misma seguridad tal como, si se lanza por la ventana y no encuentra obstrucción, no permanecerá un momento suspendido en el aire. Más de la mitad de los razonamientos humanos contienen inferencias de naturaleza similar…» (De ”An Enquiry Concerning Human Understanding”, por D. Hume)

En la película “The day she returns”, de Hong Sangsoo, Bae Jeongsu, una actriz que regresa a la actuación después de 12 años de ausencia — y el título de la obra debería verse en su absoluta ambigüedad, montada sobre su retorno manifiesto y ese otro que desdobla a Bae —, ofrece 3 entrevistas con, en principio, el mismo formato, a solas con su interlocutora de turno que hace pero también contesta preguntas, en un enorme esfuerzo en conjunto para lograr una intimidad que se niega a aparecer, no solo en las frases hechas —que sería lo esperable— sino también en los supuestos desvíos a su presunto mensaje principal (el divorcio, los cuerpos, la hija), que introduce el aspecto más siniestro, ejecutado en el último capítulo, donde se presencia el ensayo de las frases, todas guionadas, aún las presumiblemente más rebeldes, impidiendo a primera vista toda escapatoria o cualquier chance de plegarse a un flujo auténtico (no es casual que una entrevistadora haga coquetear a Bae con el Dao), del que ni siquiera el deseo por una cerveza se escabulle, retomando el valor sin medida de los primeros planos en donde se juega esa diferencia a la vez abismal e imperceptible (los gestos de Dora que sacuden a Freud con invenciones insospechadas para su psicoanálisis), que separa — sin éxito para el arte de mirar — el sueño y la vigilia, en esa frontera que, más allá de su desarrollo posterior, presenta Hume, equiparando cosas, palabras, voliciones, en el terreno de un hábito al que ninguna razón impide explotar, abriendo la imaginación cada vez más para encontrar el fundamento que no aparece – el paso adicional de la mano que se quema o de su amigo suspendido en el aire solo juega con aumentos o disminuciones de probabilidades –, en una cierta equivalencia de los empeños de filósofos, artistas (en categorías en las que se puede incluir a Freud), que persisten en el instante del encuentro de las cosas con sus fantasmas.