

El privilegio inesperado
» La consciencia de un ser vivo puede definirse como una diferencia aritmética entre actividad potencial y real. Mide el intervalo entre la representación y la acción.» ….»Donde aparece la consciencia, no ilumina tanto al instinto en sí como las frustraciones a las que está sujeto el instinto, la distancia, entre el acto y la idea, lo que se convierte en consciencia, de modo que la consciencia, aquí, es solo un accidente.» (De “Henry Bergson Premium Collection»
El problema de la consciencia no es solo el que se le adjudica por la labilidad de su potencial atrapamiento (el «hard problem» quizas emplificado la máquina de John Searle que traduce a símbolos chinos correctamente con el correspondiente manual de instrucciones, sin tener la menor idea del contenido de su output), del que se desprenden variadas discusiones – por ejemplo, la tan de moda que intenta definir si la IA es capaz de consciencia o no (y podríamos preguntarnos aquí por qué es esto materia de disputa y si no es, en el fondo, una cuestión que necesita ser dirimida desde un punto de vista estrictamente jurídico de responsabilidad de un yo que en el terreno de lo humano ya ha sido debidamente saldado, aunque con innegables huecos que aún acechan), con el interés puesto en convenciones sociales que precisan de un objeto estable – sino también el que se desencadena cuando pensamos en Darwin y la complejidad que nuestro cerebro introduce al desfasar al instinto plegado sobre sí mismo, creando el diferencial que permite la auto referencia que la consciencia precisa (aunque aquí nos encontramos en un nuevo problema, epitomizado por la cámara que se filma a sí misma, generando imágenes hasta el infinito, metaforizando la serie que se constituye con la consciencia de la consciencia de la etc) para tomar la perspectiva que le permita instrumentalizar el futuro, pagando el precio de la expulsión de la eternidad, en un balance que no admite teleología razonable (¿cúal es la finalidad de ser expulsados del paraíso?), dejándonos solo la posibilidad de la dirección sin sentido, de la ceguera absoluta que impide la justificación de las bacterias y de nosotros, aunque nos es permitido pensar que detrás del oscuro destino que nos ha tocado en suerte, se pueda vislumbrar también un privilegio que el big bang, por una increíble casualidad, nos ha deparado.