El próximo vuelo

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El próximo vuelo

«Por lo tanto, cualquier componente adicional es contrario a este «dado» integral del original. Este principio puede ser ilustrado por nuestra percepción visual de una imagen. El patrón de colores es «dado» para nosotros. Pero un par­che extra de rojo no constituye una mera adición; altera todo el equilibrio.»…»Esta doctrina (de la unidad emergen­te del superject), de que la «satisfacción» final de una entidad real es intolerante a cualquier adición, expresa el hecho de que cada entidad real – dado que es lo que es – es finalmente su propia razón para lo que omite.»…»La indeterminación se ha evaporado de la «satisfac­ción», de modo que hay una determinación completa del «sentir» o de la «negación del sentir»….»…la potencialidad general del universo debe estar en algún lugar; desde el momento que retiene su relevancia próxima a las entidades reales para las que es no-realizada.» (De» Process and Reality», por A. N. Whitehead)

La busqueda de la teoría de las cuerdas o de quantum gravity no es otra cosa que el intento de conciliación de dos universos desconectados (¿no es una paradoja por derecho propio la postulación de cualquier “cola» que una dos elementos cualesquiera, que cae irremediable­mente en el abismo de necesitar un nuevo pegamento para unir el primero con la cola inicial y así al infini­to?) que en principio (no sabemos cuales soluciones nos esperan) ha desembocado en 10^500 posibles configura­ciones del universo (y debemos estar alertas respecto al significado simbólico de un número que aún – ante nuestra desconcertada mirada – puede ser mayor), convertidas en propulsores de humildad (aunque nunca disuadirá a los fanáticos de Laplace – y probable­mente eso también esté bien) pero lo que nos interesa ahora es ser testigos del mismo esfuerzo aplicado esta vez a la metafísica (y en realidad sabemos que no es la primera vez ni será la última -solo debemos distin­guirlo debajo de variados ropajes, que apelan a la dife­renciación) para explicar a un tiempo la novedad im­previsible que disuelve todo en un remolino con la perse­verancia en el ser, quizá el mismo callejón en el cual Freud descubrió la pulsión de muerte sobreimpuesta al principio del placer, porque ni el perdurar indefini­damente ni la destrucción a cada paso puede dar cuen­ta de lo que es uno y lo mismo, por un lado el sujeto juguete de desenvolvimientos inesperados (¿no decía De­leuze que el Juanito de Freud pretendía devenir caballo?) y por el otro el superject de Whitehead que por razo­nes ajenas a la creatividad absoluta del universo y sin nada que lo ligue a ese flujo interminable, se solidifica como si fuera la base para tomar el impulso al próximo vuelo.