El punto mudo

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El punto mudo

«[Un hombre] consiente en lo que es falso, en tanto no hay razones que deberían causar la vacilación de la imaginación. Por lo tanto, aunque se asuma que el hombre consiente en lo que es falso, no debemos decir que está seguro. Porque por certeza decimos algo positivo no simplemente la ausencia de duda.»…”Estas tres — digamos imágenes, palabras e ideas — por muchas personas son o enteramente confundidas juntas o no distinguidas con la suficiente precisión o cuidado”… «Otra vez, aquellos que confunden palabras con ideas, o con la afirmación que la idea implica, creen que pueden querer algo contrario a lo que ellos sienten, afirman o niegan…”. “Una idea (siendo un modo de pensamiento) no consiste en la imagen de nada, ni en palabras.» (De “Ethics”, B, Spinoza)

«The soul has moments of Escape — When bursting all the doors ~ / She dances like a Bomb abroad, / And swings upon the Hours, As do the Bee — delirious borne –/ Long Dungeoned from his Rose — Touch Liberty — then know no more, But Noon, and Paradise.» (512, E. Dickinson)

«El alma tiene momentos de Escape — / Cuando explota todas las puertas — / Baila como una Bomba, extranjera, Y se columpia sobre las Horas, Como la abeja-nacida delirante… Toca la Libertad — luego no sabe más, Sino Mediodía y Paraíso.»

Los billetes (al decir del mismo Bojarski, «mejores que los originales» —por lo que se deduce que el «original» es en sí mismo una copia de váyase a saber qué standard implicado en la idea misma del billete) hacen girar una inmensa rueda de dimensiones siempre en expansión —el almacén, el banco, la policía, el gobierno, etc.— («El gran falsificador», L’affaire Bojarskj”, película J. P. Salomé), que no puede menos que recordar al «cerebro miserable» de Baudelaire ante la entrega de la moneda falsa a un mendigo que enlaza las potenciales consecuencias de un acto en principio meritorio —su vicio consistiría solo en la intención de ganarse un cielo muy lejano— poniendo en evidencia la duda angustiosamente interminable de la existencia, la misma que Spinoza advierte aún en sus nociones comunes, ineludiblemente traducidas a la traición de las palabras, como si el destino de nuestra limitadísima mente estuviera siempre ligado a la extensión infinita (los 10^80 átomos o lo que fuera, danzando en su inabarcabilidad), que las hace tropezar una y otra vez en un desbalance abrumador (desde el momento en que se necesitan palabras para hablar de las propiedades del triángulo, la causa está perdida, desmembradas en el tiempo y el espacio) – Hume, invirtiendo la corriente, llega a la misma frustración, esta vez de abajo hacia arriba, desembocando de todas maneras en la imposibilidad de la traducción — solo neutralizado en el silencio de una concentración extrema, como si fuera necesario prensar el more geométrico con una fuerza descomunal para convertirlo en el punto mudo del Mediodía y del Paraíso.