El rayo inadvertido

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El rayo inadvertido

«El fuego, de todas las cosas, es el juez y el raptor ( violador) ¿Cómo escaparías de un fuego que nunca se hunde ni se pone? Un rayo golpea la raíz a tra­vés de todo. Ningún ser, ni el sol mismo, excede la medida adecuada, pero los poderes opuestos ponen Las cosas en su lugar.»…»Sin el sol, ¿ qué día? ¿ qué noche? El sol es nuevo otra vez, todo el día»…» Si todo se convirtiera en humo, la nariz sería el asien­to del juicio. Así en la oscuridad abismal, el alma es conocida por el olor.»…» Muchos de los que han aprendido de Hesíodo los innumerables nombres de dioses y monstruos nunca entienden que la noche y el día son uno.» (De «Fragmentos», por Heráclito, trad James Hillman)

La misma muerte de Hesíodo, incluido su cuerpo, está entremezclada de series difíciles de seguir, en­tre dioses, doncellas, rivalidades y rayos, como si hiciera falta mas despliegue en la medida en que las ramas se abren, como si el guión necesita ra de complejidad para conducir su mensaje, contraponiéndose a la búsqueda de simplicidad – ensayada por la ciencia con su navaja de Ock­ham recortando las explicaciones en exceso – que también sacude al arte (¿no son los cuentos de Borges un intento de desembocar en el Aleph, en esa cifra de todo lo que habrá sido?) y a la filosofía – y recordamos acá a Hegel haciendo
equivaler al espíritu con un hueso -, con Wittgens­tein escribiendo para callar, dando el pie a Herá­clito (y aquí obviamente, desterramos a la cronolo­gía, a sabiendas de las ideas eternas que flotan y se revuelven en Platón o en Whitehead) para de­nunciar tanta letra (que de todas maneras precisa), como si la necesidad del despliegue conspirara con­tra sí misma, apurando el momento de la acusa­ción (que sin duda se pronuncia con la culpa de saber la inevitabilidad de tanta tinta, como si condenáramos a aquel que nos ha salvado), entendiendo lo que hasta hace unos instantes considerábamos bizarro (y volvemos a redescubrir la necesidad de la vilipendiada complejidad), esto es, el olor de las almas, con el juicio empla­zado en el último lugar que se nos ocurriría, la nariz, que en la oscuridad abismal en la que vivimos, se erige en el circunstancial soberano que por un momento (no descartamos que ese poder se desplace a otros órganos) es capaz de advertir ese rayo que por no tener medida, nos pasa por al lado, inadvertido.