El recolector de impuestos

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El recolector de impuestos

«Porque los movimientos de la fe deben hacerse cons­tantemente en virtud de lo absurdo, pero de tal manera, sea esto observado, que uno no pierda lo finito, sino que lo gane cada centímetro.»…»Puedo describir los movimientos de la fe, pero cuando me arrojan al agua, nado, es verdad (porque no pertenezco a los vadea­dores de playa), pero hago otros movimientos, mien­tras que la fe hace lo contrario: después de haber he­cho los movimientos del infinito, hace aquellos de la finitud.»…»En el momento en que lo miro, instantánea­mente lo aparto de mí, yo mismo salto hacia atrás, aprieto las manos y digo en voz alta: «Dios mío, ¿es es­te el hombre?¿Es realmente él? Por qué, parece un re­caudador de impuestos!» (De «The Kierkegaard Collection”)

El mal, nos han enseñado, puede tener su origen en la banalidad – conclusión que, contra todo pronóstico, nos aterroriza aún más que su individuación -, que sorprendentemente extiende su alcance a la misma iluminación, con consecuencias más que importantes (para no detenernos en el fin de los charlatanes que pretenden guiarnos después de nuestra correspondiente paga, porque el sendero ya deja de ser público y comunicable – ¿cómo se podría enseñar lo que no puede ser dicho. y esta exiliado en una gris y aislada existencia?), porque la fe, luego de la debida resig­nación a nuestro objeto identificado de deseo, nos devuelve modificados a la percepción del mismo mundo que ya no es el mismo, a través del absurdo que nos restituye a pleno lo que considerábamos incompleto con la condición de callar en terrible aislación – cualquier descripción nos pondría del lado del héroe trágico que precisa de audiencia para admirar sus trabajos con el marco de la ley universal que respeta (¿no estamos en un terreno kantiano que desdibuja la virtud una vez que le descubrimos un motivo por fuera, haciendo que el interés por el resultado cancele su valor?¿no es el caballero de la fe el antídoto al egocentrismo del héroe y por lo tanto el verdadero portador de Valor?) -, que nos pone en la incómoda situación – si queremos permanecer del lado de la conservación de las leyes – de indecidibilidad (¿cómo distinguir al loco del hombre de fe?, o aún peor, ¿cómo diferenciar a Abraham de un simple asesino, desde el momento en que no tiene la menor chance de defenderse – que implicaría disolver instantáneamente su fe) entre el bien y el mal, si no fuera porque es preciso continuar con el movimiento que recién ha comenzado (y quizá el quedarse corto es el vicio de toda filosofía sistemática), haciendolo tan hiperbólico y vertiginoso que solo alcanzamos a ver a un recolector de impuestos haciendo fielmente y con inusitado convencimiento, su tarea.