

El regreso de la fe
«Por lo tanto la voluntad no pertenece a Dios más que cualquier otra cosa en la naturaleza, sino que se relaciona con él de la misma manera que el movimiento, el reposo y similares, que hemos demostrado que se derivan de la necesidad de la naturaleza divina y están condicionados por ella para existir y actuar de un modo particular. Prop XIII. Las cosas no podrían haber sido traídas al ser por Dios en cualquier otra manera o en un orden diferente de aquel que ha sido de hecho obtenido. (De “Ethics» por B. Spinoza)
“Vivimos como Un Hombre; por contraer nuestros sentidos infinitos contemplamos multitud; o expandiendo: contemplamos como uno, como Un Hombre toda la Familia Universal; y que ese Un Hombre lo llamamos Jesús el Cristo: y él está en nosotros y nosotros en él. (De “Jerusalem” de Blake)
«Corta la sagacidad y abandona la sabiduría! Entonces el mundo estará en orden. Estás tratando de encontrar la verdadera sustancia de las cosas. Pero una vez que intentas traerlo a tu servicio de esta manera, se convierte solo en los restos de las cosas.» (Zhuangzi)
La angustia que se irradia en Sin lugar para los débiles (“No Country for Old Men”, película de los hermanos Coen) no proviene de los clásicos pasos de suspenso de un thriller, sino del drama desplegado por la implacabilidad del destino, encarnado por el inmortal asesino Chigurh, desentendido con una inocencia notable de toda emoción humana (arrojar la moneda para matar o no a su interlocutor es un trámite lúdico, como si el resultado fuera completamente neutro en un plan que también desconoce pero que al mismo tiempo sigue al pie de la letra), modelando la figura del Sheriff Ed Tom, impotente ante lo que considera un ola de maldad pero que en realidad se parece más al corrimiento de un telón al momento de su retiro, que lo enfrenta al fracaso de su linaje (su abuelo y su padre han sido también Sheriffs), como si la vejez trajera la amarga convicción de la inutilidad de los actos (y el título original nos señala esa verdad, con los viejos exiliados por su mismísima iluminación), melancolía que solo se explica con el contrapeso de la esperanza en la modificación del universo que sin embargo parece presentar esas leyes de hierro que Spinoza transforma en geometría, con todas las cosas como ondulaciones inefables de una sola cosa indescifrable que ofrece el bálsamo condensado en el «sin temor, sin esperanza», mucho más acá del mejor de los mundos posibles (que adolece de un aroma más provinciano, producto de algún albur siempre parcial del entendimiento) y de la complejidad innecesaria de la «paisajística» nacida de las numerosas soluciones de la teoría de las cuerdas, que multiplica universos —y dioses— para justificar uno que coincida con el principio antrópico, rediseñando la perspectiva, cuya diferenciación con el optimismo ingenuo del estoicismo en las palabras precisa de una manifestación enlazada con la fe que el mismo Spinoza simuló destronar, convencido desde el principio en su fracaso.