El regreso de los monstruos

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El regreso de los monstruos 

[Jung]: «El trasfondo de este libro inusual [Bardo Thodol] no es el mezquino ‘o esto-o lo otro’, sino el magníficamente afirmativo ‘ambos-‘. Esta afirmación puede ser objetable para el filósofo occidental, pues Occidente ama la claridad y la desambigüedad ….»  

[Leary]: «Jung claramente ve el poder y la amplitud del modelo tibetano, pero en ocasiones no logra comprender su significado y aplicación …»  

[Jung]: «El ‘Bardo Thodol’ comenzó siendo un libro ‘cerrado’, y así ha permanecido, sin importar los comentarios que se escriban sobre él. Porque es un libro que solo se abrirá a la comprensión espiritual y esta es una capacidad con la que ningún hombre nace, sino que solo puede adquirir a través de un entrenamiento especial y una experiencia especial. Es bueno que, a todos los efectos y propósitos existan libros inútiles como estos.»  [Leary]: «Proporcionar un entrenamiento especial ‘para la experiencia especial’ proporcionado por los materiales psicodélicos es el propósito de esta versión del Libro Tibetano de los Muertos.»  [John Lennon]: «Estaba leyendo ese estúpido libro de Leary y toda esa mierda … Destruí mi ego y no creía que pudiera hacer nada.» (De “The Psychedelic Experience”, por T. Leary y otros)

No es claro si el apego de las ideas de cualquier ámbito a las metáforas de la ciencia con la que conviven (al llamarlas metáforas ya hay una posición tomada) está relacionado con el inescapable paradigma que comparten o por la necesidad de fundamento que en un juego circular define lo blando y lo duro, cayendo en una petición de principios siempre del lado de lo instrumental, cuestión que, sea como fuere, Leary le achaca a Freud como su pecado (Darwin y la termodinámica) pero que, en un giro completo posterior a su crítica, ostenta el respaldo de sus ideas en la nueva física (los 60 en plena ebullición de las partículas y los cuantos), ahogado en su propio reproche, solo justificado por su afán de provecho, constituyendo una nueva paradoja a su putativa posición de demolición del yo, fracaso que hace retomar los prudentes pasajes de Jung — similares a sus análisis del I-Ching — siempre tratando de obturar recetas que se multiplican a cada paso, en la furia de interpretaciones imparable (y cuyos intentos también fueron infructuosos, apartándolo de Freud por la fijeza otorgada a los arquetipos, quizás sus point-du-capiton para continuar con el hilo de sus pensamientos), aspiración atacada ciegamente por Leary traducida a una especie de claudicación para la transmisión del ‘Mensaje’ que él parece haber descubierto y que está dispuesto a soltar, cegándose al elogio de lo inútil que Jung convierte en su centro, siempre dentro de la lógica cuyos valores de verdad proliferan a 4 (p, no-p, p y no-p, ni p ni no-p) que lo independiza de la moral del resultado que parece renacer en Leary, inundado por los mismos monstruos que ha creído exorcizar, advertidos por el Libro que él decidió transformar en estúpidos consejos.