El resplandor inexplicable

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El resplandor inexplicable

«La filosofía Hegeliana, yo creo también que la entiendo tolerablemente bien, pero cuando a pesar de las dificul­tades que he tomado, hay ciertos pasajes que no puedo entender, soy lo suficientemente temerario como para pensar que él mismo no ha sido muy claro. Todo esto lo hago de forma fácil y natural, mi cabeza no su­fre de ello. Pero por otro lado, cuando tengo que pen­sar en Abraham, estoy como aniquilado.»…»He visto lo terrible ante mis propios ojos, no huyo de él con temor, pero sé muy bien que, aunque avance para encontrarlo, mi coraje no es el coraje de la fe, ni nada es compara­ble a él. Soy incapaz de hacer los movimientos de la fe, no puedo cerrar los ojos y sumergirme con confianza en lo absurdo, para mí eso es una imposibilidad… pero no me jacto de ello.» (De «The Kierkegaard Collection»).

Estamos en presencia de un contrapunto esencial, si tenemos en cuenta lo irreconciliable de los polos en juego, epitomizados por un lado por Hegel, en su propensión a desplegar la lógica que una y otra vez se pliega a la contradicción para un nuevo re-comienzo, convirtiendo a su filosofía en performati­vamente paradójica (¿cómo se hace para que el Espiritu absoluto aparezca en los símbolos por definición relativos?) pero que permite – aunque en forma limitada – la conversación de la dialéctica que mas allá de su contenido es capaz de mostrar al mismo tiempo que permite y alienta la confesión de no entender – asu­miendo que el problema es tanto del emisor como del receptor – y por el otro, por Abraham, destinatario de una doble promesa imposible (su hijo Isaac como potencial padre de una gran nación y condenado a muerte por el autor de esa misma designación, ajeno a la comunicación y al lenguaje, condenado a un silen­cio aislado hasta lo insoportable por cualquier humano (¿no estamos aquí en presencia de la diferencia cuya definición está destinada a escapársenos, entre la moral, ligada a normas claras y distintas – proba­blemente también a mandatos que siempre transpi­ran cierta arbitrariedad mirados en perspectiva que elevan la presunción de su endeblez – y la ética – individual inentendible hasta para el mismo sujeto?), que requiere algo distinto al coraje Aristotélico (¿pero no es este mismo coraje paradójico, haciendo coinci­dir la cobardía y la temeridad en un solo punto?) que precisa para su perfeccion el ser ejercida con claras motivaciones sociales – que, dicho sea de paso, generarán la gloria aparentemente no perseguida – dejando a la fe del lado de la escoria, que sentenciada a ser menos que nada, será capaz de cegarnos con un resplandor inexplicable.