El rugir del león

Screenshot
Screenshot

El rugir del león 

“…del poder supremo de Dios, o naturaleza infinita, un número infinito de casas — esto es, todas las cosas han necesariamente fluido en un número infinito de formas, o siempre fluyen desde la misma necesidad; de la misma manera en que desde la naturaleza del triángulo se sigue desde la eternidad y por la eternidad, que sus tres ángulos interiores son iguales a dos ángulos rectos. De donde la omnipotencia de Dios ha sido desplegada desde toda la eternidad, y permanecerá por toda la eternidad en el mismo estado de actividad… Porque de otra manera estamos compelidos a confesar que Dios entiende un número infinito de cosas creables, que él nunca podrá crear, porque si él creara todo lo que entiende, él, de acuerdo a esta demostración, exhaustaría su omnipotencia, y se consideraría imperfecto.” (De “Ethics”, por B. Spinoza)

“El rugir de leones, el aullar de lobos, la furia del mar tormentoso y la espada destructora son porciones de eternidad demasiado grandes para el ojo del hombre.” (De “The Marriage of Heaven and Hell”, por W. Blake)

“El Camino [Dao] que puede ser hablado no es el Camino Eterno; el nombre que puede ser nombrado no es el Nombre Eterno.” (Daodejing)

La iluminación da una pista singular (película “Lola”, de R. Fassbinder( — una de las cosas exigibles por pertenecer a las posibilidades únicas que ofrece la expresión filmada — repitiendo los mismos colores en interiores y exteriores, como si la naturaleza se plegara, indiferenciada sobre el artificio, equiparando amarillos, verdes, púrpuras, hasta los mismísimos ojos de Von Bohm, el comisario de obras que invierte el origen de su incorruptibilidad desde los lógicos principios inmutables, a la pasión ciega, que causa desde la persecución desmedida del corrupto Schuckert — en su carácter de proxeneta de Marie-Louise/Lola —, hasta su propia conversión facilitando un proyecto inmoral altamente redituable, recorriendo un periplo aparentemente inusitado, solo explicable por los vaivenes a los que sus emociones lo someten sin respiro, replicando la equivalencia del afuera y del adentro, ambos esclavos de un mismo gesto imparable, originado en esa eternidad geométrica que Spinoza propone — la misma que traduce Julian Barbour, justificando la inexistencia del tiempo con las mismísimas fórmulas de la Relatividad (interpretación, como todas, sin privilegios, aún enrostrando complicados algoritmos, todos demasiado locales y probabilísticos, como todo intento científico) — ligando planos estáticos desde y por la eternidad, en un despliegue de lo que desde ya siempre ha sido, sin lugar al dilema de un libre albedrío vacío ya de significado (cada duda con cada decisión ya ha tenido lugar, sin que una putativa predestinación erosione un ápice de la angustia de la existencia), relegando a la moralidad a un juego aislado pero no menos penoso en el que los juicios son posibles y necesarios y sin embargo generando la filtración por la que ingresa como un polizón lo que no puede concebirse, reflejándose en el exceso que todas las cosas, una vez que son paralizadas por una cierta y artística demora, irradian como el rugir de un león.