El secreto inexistente

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El secreto inexistente

» ¿Por qué no es posible – en el sentido de Heidegger – considerar los textos Egipcios o Hindúes u otros como documentos filosóficos? ¿Por qué eso no es posible? En términos de su tono, ellos son absolutamente simi­lares al texto de Parménides, y no es la poesía la que los diferencia. El mismo Heidegger dice «El pensamien­to de Parménides… es todavía poético.»…»… la idea que el pensamiento es poético, que hay una superposición metafórica del discurso.»… «Ambos proyectos, que consi­dero post-Heideggerianos, comparten el pensamiento que es incorporando y examinando decisiones y textos ex­ternos a la filosofía Occidental y sus orígenes Griegos que la historia de la filosofía y por lo tanto el pensa­miento filosófico mismo, puede y debe ser restable­cido. La dimensión Oriental para Jambet, el discurso espiritual para Lardreau.»…» Un segundo abordaje al problema es decir que la especulación, la decisión acerca del ser y el no-ser, no funda a la filosofía.» (De Parmé­nides», por A. Badiou)

Más alla del uso controversial de fundamentos científi­cos para hacer filosofía (no faltan ejemplos de los que han creído y creen que la relatividad cierra la posibilidad de refutación de sus sistemas  – por no men­cionar el listado completo de teorías a las que se ha echado mano para frenar potenciales disputas (no vemos al mismísimo Deleuze abrevar en las consecuencias físi­cas de la matemática de Mandelbrot o en la teoría de las cuerdas para sostener sus ideas?)), resulta a veces revelador las confesiones de los límites que los cientí­ficos a veces están dispuestos a brindar (y no en la relación de sus áreas con una capacidad de procesamien­to siempre creciendo más que geométricamente, lo que per­mite hoy el mapeo de 1 mm³ de cerebro en tiempos im­pensables hace algunos años – es uno de los argumentos para defender la promesa del Todo la posibilidad, aunque sea remota, de procesamientos infinitos que llegará más tarde o más temprano), como cuando Jeff Lichtman ad­mite que aún una exacta rendición del territorio cerebral, no nos dará ninguna clave de funcionamiento, como si el mapa que debemos trazar excediera su intención simbóli­ca desplegándose en un real imposible – deberíamos copiar no solo la porción escasa del cerebro sino el uni­verso entero, con el mismo mapa adentro en un abismo infinito -, problema que Badiou intenta evadir, no renunciando a la búsqueda del origen del discurso filosó­fico, aún con la abrumadora evidencia (que él mismo des­cribe y no está dispuesto a ver) que, mezcla épocas con dudosos autores de dudosos fragmentos, con religio­nes y poemas, que dan testimonio de contenidos y for­mas arbitrarias, como si el desenrollado de nuestras palabras se asemejara al despliegue espeluznante que vemos en el crecimiento de los cristales (y quizás a­quí entrevemos una misión impensada de la ciencia, en contra de su expuesto objetivo utilitario, a saber, su ca­pacidad extraordinaria de alimentarnos con metáforas, como si todo su esfuerzo, vacío ya de su función de ins­trumento, desembocara en un poema), que por razones (probablemente una palabra mal utilizada en un contexto en donde las leyes están suspendidas) que nos están ve­dadas buscan una y otra vez desdoblarse, generando en el mismo procedimiento un secreto inexistente.