El sentido perdido

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El sentido perdido

«La espacialidad perfecta consistiría en una externa­lidad perfecta de las partes en su relación entre sí, es decir, en una completa independencia recíproca. Ahora, no hay ningún punto material que no actúe en todos los demás puntos materiales.»….»Sin embargo, es innegable que la materia se presta a esta subdivi­sión y que, al suponer que se pueda dividir en partes externas entre sí, estamos construyendo una ciencia suficientemente representativa de lo real.»…» El intelecto y la materia se han adaptado progresivamente el uno al otro para alcanzar por fin una forma común.»…»es la misma inversión del mismo movimiento lo que crea a la vez la intelectualidad de la mente y la materialidad de las cosas.»(De “Henry Bergson Premium Collection”).

Los textos (incluimos aquí a poemas, novelas, ensayos, papers científicos, en definitiva, todo lo que se carac­terice por una sucesión de símbolos), siguiendo a Gadamer, mezclan horizontes (y la disputa inevita­ble sobrevendrá, a saber, si somos o no capaces de discernir con autoridad, cúal es el nuestro y cuál el del autor, que conlleva la necesidad de admitir auto­nomía en los dos extremos implicados y que a su vez parece imprescindible para postular aún su opuesto, es decir, la interpretación absoluta, ajena a todo dominio, cercana también a otra clase de utopía), y en este caso, no debemos perder de vista que esta­mos leyendo un escrito en la época del inicio de la proliferación de partículas en la física, comienzo de la disolución de la idea de materia, que aparece sitiando (la pregunta acerca de la corrección de la ciencia a la filosofía no admite respuesta directa – ¿hay algo en. el pensar que admita respuesta direc­ta?) la dualidad entre vida y materia, y asistimos al esfuerzo, una vez más en la historia (¿no son estos maravillosos momentos los que bus­camos en la lectura de textos filosóficos, mas allá de dedicarnos a la interpretación de sistemas siem­pre destinados al fracaso?), de intentar superar las propias contradicciones (que sorprendentemente siempre se nos aparecen como posible, habiendo expe­rimentado la sensación de Eureka y la de la frustra­ción posterior, en una metamorfosis sin fin que impide cualquier tipo de identificación), esta vez bajo la forma de una adaptación conjunta (y Darwin está nuevamente presente) del intelecto y la materia, cuya complementa­ción la ciencia atestigua, producto de un mismo origen, esa fuerza que es llamada vida que a su vez, a su pe­sar, debe permanecer como el tercero, al cual el uno y el dos están destinados, nunca sabremos bien como, a regresar para encontrar sentido que por defi­nición, se ha perdido para siempre.