

El tiempo y el fuego
«La mente tendería entonces solamente a la afirmación del solo movimiento del semicírculo, el cual no está contenido en la concepción del semicírculo, y no surge de la concepción de alguna causa capaz de producir ese movimiento. Por lo tanto la falsedad consiste solo en esto, que algo es afirmado de una cosa, que no está contenido en la concepción que tenemos de esa cosa, como el movimiento o reposo de un semicírculo. De donde se sigue que las ideas simples no pueden ser otra cosa que verdaderas — i.e., la idea simple del semicírculo, del movimiento, de cantidad, etc. Cualquier afirmación que tales ideas contienen es igual al concepto formado…» (Spinoza)
«La Eternidad está enamorada con las producciones del tiempo. La abeja ocupada no tiene tiempo para la pena. Las horas de los tantos son medidas por el reloj, pero de la sabiduría, ningún reloj puede medirlas.» (Blake)
«Al descansar contento en el tiempo y encontrar su lugar en el flujo, la alegría y la tristeza no tenían manera de filtrarse… La grasa se extingue al encender, pero el fuego continúa, su final desconocido.» (Zhuangzi)
Lo que impacta en la película The Year of the Horse es la superposición de imágenes de road movie (paisajes vistos confusamente desde trenes o autos), con la cámara fija en las entrevistas y aún en los mismos recitales, en un contrapunto que se agrega al que compone la búsqueda de crudeza (acompañada por filmación en Super 8) con cierto grado de sofisticación (Jarmusch, su director, es acusado en más de una oportunidad como un snob de Nueva York), ambos solo el preámbulo del más significativo de todos, el que dibujan los polos propios de la psicodelia, que trata de conciliar ese punto de eternidad (parece que nadie puede conocer la esencia de ese instante único de comunión del grupo, al decir de sus integrantes), con la profusión en velocidad de las representaciones en la mente — casi duplicando los consejos contradictorios para la meditación, desde la propuesta de vaciarse hasta la de dejar en libertad una corriente irrefrenable — poniendo en escena el más grande misterio, el tiempo, capaz de matar hasta el mismísimo more geométrico de Spinoza, que cierra su discusión en el semicírculo, después de despreciar a la esfera por su necesidad de movimiento y de ejes para su creación, pasando rápidamente por el reto que aún subsiste, con el plano, la línea y el punto que siguen exigiendo el movimiento para ser — recordando aquí la objeción de Hume que le impide incluso al punto ser referencia verdadera, esfumado por carecer de toda extensión — impidiendo la ansiada frontera entre lo verdadero y lo falso, cimiento indispensable no solo de su sistema sino de cualquier intento de transmisión que nace para ser medido ~ o quizás, tomando la metáfora cuántica, que debe su nacimiento a la medición misma — incluyendo la promesa de la libertad de los sabios, desprendidos del tic y del tac, pero que no pueden evitar ser atraídos y consumidos por el fuego que continúa.