El trazo

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El trazo

“De esto debemos observar especialmente que en la medida en que la comprensión del entendimiento es menor y su experiencia múltiple, así será mayor su poder de acuñar ficción, mientras que al aumentar su entendimiento, su capacidad para entretener ideas ficticias disminuye. Por ejemplo, de la misma manera que somos incapaces mientras estamos pensando de fingir que estamos pensando o no pensando, así también cuando conocemos la naturaleza del cuerpo, no podemos imaginar una mosca infinita; o cuando conocemos la naturaleza del alma no podemos imaginarla como cuadrada, aunque cualquier cosa puede expresarse verbalmente. Pero como dijimos antes cuanto menos conocen los hombres de la naturaleza, más fácilmente pueden acuñar ideas ficticias, como árboles hablando, hombres transformados instantáneamente en piedras o en fuentes, fantasmas apareciendo en espejos, algo surgiendo de la nada, incluso dioses transformados en bestias y hombres…” (De “On the Improvement of the Understanding”, Spinoza)

“La naturaleza del infinito es ésta: que todo tiene su propio Vórtice y cuando un viajero a través de la Eternidad ha pasado por ese Vórtice, percibe que se enrolla detrás de su camino, en una esfera en sí misma, desplegándose como un sol.” (De “The Complete Illuminated Books”, W. Blake)

“¿En qué hará que te conviertas, dónde te enviará? ¿Te convertirá en un hígado de ratón? ¿Quizás en el brazo de un insecto?” (Zhuang Zi)

En la adaptación libre de La Odisea (película de C. Nolan) — que otra posibilidad hay, más aún en el cambio de las herramientas de expresión— Odiseo ofende a los dioses (concatenando una serie de atrocidades, como infringir la ley de Zeus en su salvaje ataque a Troya, cegar al cíclope, deshonrar a sus propios muertos), que lanzan sus represalias, con un curioso cuidado en su supervivencia (Polifemo, los gigantes, las sirenas y las harpías dejan margen para ser burlados), como si en realidad fueran creaciones de la propia imaginación de Odiseo que debe hacer su camino hacia la redención que no comienza con su prometido y final viaje al oeste sino desde el mismo instante de iniciar sus aventuras, emulando al viajero de Blake que atravesando el Vórtice modifica la propia geometría de la que él mismo es parte, reflotando insólitamente la oposición entre el espacio y el tiempo encajados de Newton con las masas y curvaturas que se invierten en un sentido y en el otro de Einstein, invirtiendo el axioma de Spinoza al comprobar que la exacerbación de la razón fortalece a la imaginación (basta enterarse de los desarrollos que niegan el tiempo de Barbour o del universo que se apaga y se enciende en el curso de los eones de Penrose o de los many worlds de Everett, todos nacidos de las singularidades y contradicciones de la relatividad y su incompatible física cuántica), tal como sus odiados escépticos proponían, que abre el escenario de transformaciones (quizás como consecuencia de un principio de explosión de la lógica clásica que acecha en la sombra) para una travesía que al convertir a su paso su camino en un sol o al peregrino en un hígado de ratón, quizás concentre a la verdad en un solo trazo.