

El tribunal inexistente
“…por el mero hábito de considerar tales acciones como merecedoras de aprobación o censura, se establecería una buena base para la rectitud en el futuro curso de la vida.”…”Es bastante apropiado elogiar acciones que muestran una gran mente desinteresada y compasiva o humanidad. Pero, en este caso debemos fijar nuestra atención no tanto en la elevacion del alma, que es muy fugaz y transitoria, como en la sujeción del corazón al deber, de la cual puede esperarse una impresión más duradera porque esto implica principio (mientras que lo primero solo implica ebulliciones). (De “The Critique of Practical Reason” por I. Kant)
“A; ¿adonde vas?”
B; A Cracovia.
A; ¡Mientes! Me dices que vas a Cracovia para que yo crea que vas a Lemberg. Pero yo sé que realmente vas a Cracovia. ¿Por qué mientes?” (De “El chiste y su relación con el inconsciente”, por S. Freud)
En la película “Que la bestia muera”, Charles planea su venganza con los fríos detalles de quien está ciego para todo lo demás por el asesinato brutal de su hijo que también, a la vez, es capaz de terminar con su propia dignidad (“La bête doit mourir. L’homme aussi”), aunque lo más revelador es relatado por el inspector ante la mirada atónita de Charles enfrentado a la posibilidad de haber pergeñado un plan en el que se dispersan pistas tan claras de su autoría en el crimen del asesino de su hijo inculpándolo, que convertiría su comisión en inverosímil, hipotética inversión que el inspector pone una vez más patas arriba, adjudicando una dosis adicional de inteligencia al sospechado convirtiéndolo automáticamente en culpable (todo lo incrimina → él no puede ser tan tonto, por lo tanto no es el asesino → su inteligencia es superior, por lo tanto es el homicida), en una cadena cuya particularidad excede la anécdota a la que se agrega la confesión extraña y dudosa del hijo de la víctima, Philippe, fuera de toda credibilidad, conformando un ida y vuelta que se torna siniestro porque ya no pertenece a una escena sino a la imposibilidad misma de los actores en definir su propia responsabilidad, abriendo una grieta estructural que desdobla, como si cada uno se enfrentara inesperadamente con una copia de sí mismo en perpetua disidencia (quizás encontramos el mismo efecto en Dostoievsky), en transferencia continua ejemplificada en el magnífico chiste que Freud nos trae, idea que ubica a la paranoia en un registro singular (en el sentido que la física le da al infinito abismal), modelado sobre la reflexión kantiana para advertir las reales motivaciones, despojando al imperativo categórico de toda su verdad como objeto, no ya por su potencial mezcla con inclinaciones espurias (que en todo caso podrían distinguirse y juzgarse, en la intención asintótica del virtuoso) sino por la completa y atroz inexistencia de un tribunal que ya no tiene chance de constituirse.