El universo desencantado

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El universo desencantado 

«Thomas Hobbes, por ejemplo, declaró que las metáforas y palabras insensatas y ambiguas son como ‘ignes fatui’ (fuegos fatuos) y razonar sobre ellas es vagar entre innumerables absurdos; y su fin, contención y sedición o desprecio…»…»…los organismos son intrínsecamente intencionales (en el sentido que sus actividades y operaciones internas son últimamente dirigidas hacia el mantenimiento de su propia organización) mientras que las máquinas son extrínsecamente intencionales.»…»Es siempre posible distinguir la estructura física de la máquina – que permanece fija – de los materiales que fluyen a través de ella… un organismo solo parece ser constante e invariable, pero en realidad es la manifestación de una corriente incesante.»…»Mientras se siga suministrando cera y oxígeno, la llama puede mantenerse lejos del equilibrio.”…”Los organismos son patrones resilientes en un flujo turbulento – patrones en un flujo de energía… La clave de su extraordinaria estabilidad radica en su habilidad para almacenar energía… actividad y ser necesariamente se presuponen uno a otro… la historia de un organismo fundamentalmente moldea su comportamiento… El funcionamiento de la máquina no está significativamente influenciado por su historia.» (De «Everything Flows», ed Dupre, por Nicholson) 

El decreto de excomunión de Spinoza («Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando entra») demuestra en su rara belleza, una extensión impensada, epitomizando una rabia incontenible direccionada para un lado y para el otro, como una fórmula de afirmación pequeña y avara de las frágiles contornos propios que exigen violencia, que iguala a los defensores de sistemas que comparten la extraña figura de un exceso que los convierte en el otro (no utiliza Hobbes la metáfora del ‘ignes fatui’ para despreciar a las metáforas?), testimoniada en la proliferación descontrolada de lo que la vida tiene de diferente que gestiona su propia trampa (una vez junto a la llama que hace brillar el dinamismo que la sostiene, solo es posible escapar mirando para otro lado), recalando en un lugar inesperado y siniestro (no es esta la virtud de la paciencia en el lenguaje que más tarde o más temprano dejará todo al descubierto, como señaló Freud?) hasta negar la carga infinita del pasado en las cosas, en completa oposición al punto de partida, negando sin contemplaciones a Whitehead, maniobra que Wittgenstein enseñó a utilizar, a condición de no seguir edificando, dejando claro que la escalera desechada envuelve el compromiso de renunciar al alzamiento de nuevos fuertes bajo la pena de convertir todo en un ridículo despliegue de intereses que desaloja, en este caso, cualquier chance de transformación proveniente de la ‘materia vibrante’ de Bennett, capaz de una igualación extraordinaria entre genes, llamas, salamandras y rocas, que solo deben su aparente diferencia al excesivo y recurrente empeño en desencantar el universo.