El Vesubio

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El Vesubio

«Tal doctrina no solo tranquiliza por completo nuestro espíritu, sino que también nos muestra dónde está nuestra mayor felicidad o bienaventuranza, es decir, únicamente en el conocimiento de Dios, por lo que somos inducidos a actuar solo como nos indiquen el amor y la piedad. Porque nos demuestra que debemos esperar y soportar las sonrisas y los ceños fruncidos de la fortuna con una mente igual, dado que todas las cosas se derivan del eterno decreto de Dios por la misma necesidad, como se deduce de la esencia de un triángulo, que los tres ángulos son iguales a dos rectos.» (De “Ethics”, B. Spinoza)

«My Life had stood – a Loaded Gun – In Corners – till a Day / The Owner passed – identified – And carried Me away … And do I smile, such cordial light / Upon the Valley glow – / It is as a Vesuvian face / Had let its pleasure through – … Though I than He – may longer live / He longer must – than I – / For I have but the power to kill / Without – the power to die -.» (754, E. Dickinson)

«Mi Vida había permanecido – un Arma Cargada – En Rincones – hasta que un Día / El Dueño pasó – identificó – / Y me llevó … Aunque Yo que Él – pueda vivir más / Él más debe – que Yo – Porque tengo el poder de matar, Sin – el poder de morir.»

Un Ronin harapiento — es lo que se espera de un Samurai huérfano de un Amo, que no ha cometido Seppuku, el suicidio que el Bushido, el otro Amo, indica — se presenta entre un respetable Samurai y sus espadas (“Tsubaki Sanjūrō”, película A. Kurosawa), desaliño que acompaña con una marcada desorientación que lo hace dudar con los comentarios de la mujer del Chamberlán secuestrado («Eres como una espada sin funda. Cortas bien pero la mejor espada es guardada en su funda”, “Matar gente es un mal hábito») y ofrecerse, contra todo código, para ser pisado como escalera, como si se hubiera desprendido del cordón que lo ataba al mundo que le impide dar sentido incluso a su pelea a muerte con Hanbei, el Samurai vencido que prefiere la muerte al deshonor, profundizando su vileza sin posibilidad de ser mitigada por sus proezas de guerrero, perdido en un universo que ya no le ofrece reglas ni manuales, como las que encuentra Spinoza en el triángulo, haciendo trampa para que se persevere en la lectura de su andamio — el triángulo necesita la explicación del terreno donde su existencia es posible, impidiendo flotar en la absoluta necesidad, preocupados por la justificación de la justificación — y evitar la equiparación con otras doctrinas descartadas (el estoicismo también propone la sonrisa a la adversidad pero anclado en el barro de las palabras), invitando una vez más a su última morada con el disfraz geométrico que esconde al arma que se va cargando con más y más pólvora, construyendo un Vesubio tan potente que no le permitirá morir en el medio de su inexplicable pero sentida Eternidad.