Ética inexplicable

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Etica inexplicable

«En 1975, el decimosexto Karmapa, jefe de la tradición Kagyu, le pidió que fuera abad del principal centro Kagyu de Francia. Sin embargo, pidió que se le permi­tiera viajar y ayudar a la gente de todo el mundo. Lo ha hecho desde entonces, llevando una vida sim­ple y sin hogar; es un maestro del no-apego. Muchas veces se ha negado a aceptar propiedades para construir centros budistas y regularmente ha regalado todo su dinero. Khenpo Rinpoche siempre ha demos­trado la vida despreocupada de un yogui, cantando canciones espontáneas de realización, dedicado solo al bienestar de los demás.» (De «Progresive stages of Meditation on Emptiness», de Khenpo Tsultrim Gyantso Rinpoche)

En el levantamiento Tibetano de 1959 – sofocado sangrientamente por China -, Khenpo Rinpoche se escapó a Bhutan, iniciando su camino como maestro en el Budismo, evento que en sí mismo nada signifi­ca, aunque a partir de la presentación citada, reco­nocemos un problema, a saber, el que se instala cuando se pretende escribir sobre guías que detallan precisas secuencias y que aparece apenas comenzamos el viaje que se nos propone, dividido en 5 estaciones, con Sravaka, medita­ción sobre el no-yo, en la primera, que teoriza (debemos reconocer que la teoría está siempre al servicio de la experiencia, como la escalera de. Wittgenstein que debe ser deshechada al final de la escalada) casi Socráticamente acerca de un Yo, establecido por el sentido común (y quizá, como ocurre más frecuentemente de lo esperable, por algunas ramas de la ciencia misma), que no resiste muchos embates antes de demostrar el vacío en el medio de su esencia (vale comentar que el vacío de los conceptos que usamos en la vida cotidiana -¿qué es una mano? ¿los huesos? si le quitamos la piel, sigue siendo una mano? – condena aún a las cosas que creemos mas sólidas (aún sin caer en el error – como muchos lo hacen – de acudir ávidamente a la mecánica cuántica que circuns­tancialmente, a falta de futuros desarrollos que pueden tirarla por tierra, darían soporte)) pero que inespera­damente nos arroja al dilema inverso, cuando filo­sofamos usando el mismo signo sobre el desapego -, impidiendo la descripción que parecía sin pérdida, de quien renuncia a tener casa pero corre para salvar su vida, poniendo el límite a ese distancia­miento que lo haría tan diferente a nosotros y que nos muestra, una vez más, la imposibilidad de explicar la ética.