

Ética versus vida
«Absteniéndonos de placeres nos convertimos en moderados y es cuando nos hemos convertido que somos más capaces de abstenernos de ellos; y similarmente también en el caso del coraje; porque habituándonos a despreciar las cosas que son terribles y permanecer firmes en frente de ellas nos convertimos en valientes, y es cuando nos hemos convertido que debemos ser mucho más capaces de ser firmes contra ellos.» … «Porque la excelencia moral está relacionada con placeres y dolores; es a causa del placer que hacemos malas cosas, y es a causa del dolor, que nos abstenemos de las nobles.» … «… ambos arte y virtud están siempre relacionados con lo que es más duro; porque aún lo bueno es mejor cuando es más duro…»; pero como condición para la posesión de las virtudes el conocimiento tiene poco o ningún peso mientras que las otras condiciones (elección de los actos y elegirlos por sí mismos) cuentan no por un poco sino por todo; esto es las condiciones mismas que resultan de siempre hacer los actos justos y moderados.» (De “Nicomachean Ethics” por Aristóteles)
No podemos negar algo de sorpresa cuando ligamos estos párrafos que nos dicen, entre otras cosas, que el conocimiento no cuenta para, por ejemplo, ser valiente o moderado – lo que nos expulsa de la posibilidad de construir un andamiaje teórico que se sostenga a sí mismo –, toda vez que lo único que cuenta es, en primer lugar, la elección (¿podríamos aquí hacer intervenir la intuición sin origen claro?) y por sobre todo que recaiga de manera independiente a sus consecuencias (Kant lo retomará con más razonamientos – que por lo dicho, no necesitamos), a lo que sumamos la idea de ejercer la virtud de que se trate sin que estemos justificados al hacerlo, ajeno a cualquier cadena de razones, asumiendo (y estamos en presencia de una promesa encubierta) que más tarde o más temprano generaremos esa huella a la que no podremos y no queremos evitar, por donde sin pensarlo pasarán nuestras acciones futuras, construyendo una segunda naturaleza que tampoco necesitará acudir a ningún andamiaje, basando toda nuestra ética, entonces, en forzamientos de cierta inclinación que parece gobernar a todo objeto (bajo cuya definición, dada, a la manera de Hartman, nos incluimos) que no es otra que la perseverancia en el ser de la que Spinoza nos hablara (¿no es ya la valentía en sí un desafío a continuar con nuestros contornos?), punto en el que resalta la dureza que todo, arte y virtud, debe necesariamente traer aparejada, condición que adquiere aún más claridad cuando la plegamos a los axiomas del Manual que cumple con las condiciones de arbitrariedad de la intuición, la extrañeza de todo plan y consecuencia, la falta de ese espacio de razones anhelado por la predicción, que se transmuta en inútil cuando lo que está en juego es la dureza con que la ética, de una u otra manera, se opone a la vida.