Eventos formidables

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Eventos formidables

«Pero esta oscuridad en la filosofía profunda y abstracta, no solo es dolorosa y fatigante, sino la inevitable fuente de incertidumbre y error. Aquí, ciertamente, se encuentra la objeción más justa y plausible contra una parte considerable de la metafísica, que no es propriamente una ciencia; sino que surge ya sea del esfuerzo infructuoso de la vanidad humana, que penetraría en temas totalmente inaccesibles al entendimiento, o de la astucia de la superstición popular, que al no poder defenderse en terreno justo, levantan estos enmarañados zarzales para cubrir y proteger ou debilidad.»  (De «An Enquiry concerning human understanding» por D. Hume)

«El niño tenía un carrete de madera atado a una cuerdecita, y no se le ocurrió jamás llevarlo arrastrando por el suelo, esto es, jugar al coche, sino que teniéndolo sujeto por el extremo de la cuerda, lo arrojaba con gran habilidad por encima de la barandilla de su cuna … Este era pues el juego completo: desaparición y reaparición, juego del cual no se llevaba casi nunca a cabo más que la primera parte ….» (De «Más allá de Principio del Placer», por Freud)

No podría negarse cierta tendencia a interpretaciones rebuscadas (quizás por eso la atención haya sido puesta en la navaja de Ockham – aunque probablemente se deba más a la exigencia de eficiencia económica en las explicaciones científicas, a las que solo se les pide repetición y extensión de resultados), ligadas en algún caso a la posibilidad de cierto prestigio producto de las supuestas exégesis que franquean el paso a lo que pocos conocen (Las traducciones de los seminarios de Lacan se han convertido en una prueba) y en otros a la imperiosa necesidad del llenado del vacío que la naturaleza parece aborrecer, fenómeno del que el cine, como todo lenguaje, también sostiene, ofreciendo de vez en cuando películas como “Father, Mother, Brother, Sister”, de Jim Jarmusch, que desenvuelve en 3 movimientos el esfuerzo ciclópeo de expresar nada y todo a la vez, como si una suerte de síntesis monumental fuera el objetivo de todo arte, donde la sola visión de un gesto (abundancia de primeros planos), la sola mención repetida de una frase hueca («Bob is my uncle») o la aparición de un reloj, a veces original, a veces imitación, concentraran la amalgama perfecta que sale airosa del tronco del que es objeto en la escena (desordenada, ordenada, desolada) que le exige un encastre que no está dispuesta a entregar, como ese secreto profundo que el nieto de Freud le presenta en la misma superficie, como si toda la tinta derramada por su abuelo sucumbiera a la simpleza de un ademán (es un hecho su participación en un giro colosal en su nueva teoría de la pulsión de muerte), como si la denuncia de Hume que lo abarca a él mismo (¿dónde está el umbral incorrecto de la abstracción y de la profundidad?) indicara una dialéctica indemostrable entre la señal y todo lo que inevitablemente viene después en su despliegue, dando lugar a una especie de sabiduría que convierte al reloj, la frase, el carrete y a las mismas palabras en eventos formidables.