La arena

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La arena

“Por ejemplo, la afirmación que implica la idea de un círculo, difiere de la que implica la idea de un triángulo, tanto como la idea de un círculo difiere de la idea de un triángulo.”…”En cuanto a la cuarta objeción, estoy dispuesto a admitir que un hombre situado en el equilibrio descrito (es decir, que no percibe más que hambre y sed, cierto alimento y cierta bebida, cada uno igualmente alejado de él) moriría de hambre y sed. Si me preguntan si a alguien así no se le debe considerar más un asno que un hombre, respondo que no sé ni sé cómo se debe considerar a un hombre que se ahorca, o cómo debemos considerar a los niños, los tontos, los locos, etc.” (De “Ethics”, B. Spinoza)

“We play at Paste— Till qualified, for Pearl— / Then, drop the Paste— / And deem ourself a Fool— / The Shapes— though, were similar— / And our new Hands / Learned Gem-Tactics— / Practicing Sands.” (320, E. Dickinson)

“Jugamos a Imitación— / Hasta calificar, para Perla— / Entonces, tiramos la Imitación / Y nos creemos un Tonto— / Las Formas— sin embargo eran similares— / Y nuestras nuevas Manos / Aprendieron Tácticas de Gemas— / Practicando Arenas.”

Cada cuadro, incluyendo los primeros planos, es una pintura detenida para que puedan observarse cada detalle de cada músculo reaccionando al entorno (“El idiota”, película de A. Kurosawa), como si hubiera que detener el tiempo para advertirlos desapercibidos en la cotidianeidad, para crearles una dimensión adicional capaz de otorgarle un lugar diferenciado a Kameda, el alma pura que en la crueldad del mundo se iguala con la idiotez, lleno de asombro y candidez en el medio de Tacho, la mujer que espera postor, Akama, su amante, Kayama, su prometido y Ayako, la joven rebelde, todos calculando a su alrededor — cálculos todos erróneos, resultando en estrategias fallidas (rechazan para ser aceptados, odian para ser amados) — resaltando su ingenuidad que carece de razonamiento — solo se mueve por la profundidad de los ojos que mira estupefacto –, generando un vacío para que lo demás orbite a su alrededor, como algo previo a cualquier conteo, dibujando una oposición entre una suerte de desdeñada simpleza y los razonamientos alambicados, siempre inundados de una hybris que los marca, contrapunto similar al que le hace equiparar a Spinoza, el asno, el loco, el tonto y el niño, clasificación siempre arbitraria (todas recuerdan de una manera o de otra a la Enciclopedia China de Borges) y por eso mismo reveladora de lo que considera, salvará de la confusión, a saber, una razón sin pérdida que librará de una imaginación infiel, aunque tanta certeza se derrumba en la inexistencia de las nociones más claras (los 180º de los ángulos del triángulo precisan de Euclides — y no de Riemann—, desnudando la necesidad de más y más contexto y más y más imaginación), invirtiendo la ecuación y convirtiendo al Idiota en la fuente de una sabiduría generada en la arena.