La cabeza del alfiler

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La cabeza del alfiler

«Para considerar el asunto correctamente, la razón no es más que un instinto maravilloso e ininteligible en nuestras almas, que nos lleva a lo largo de una cierta cadena de ideas y les otorga cualidades particulares de acuerdo con sus situaciones y relaciones particulares. Este instinto, es cierto, surge de la observación y experiencia pasada; pero ¿puede alguien dar la razón última de por qué la experiencia y la observación pasada produce tal efecto, del mismo modo que por qué la sola naturaleza debería producirlo? La naturaleza ciertamente puede producir lo que sea que pueda surgir del hábito. Es más, el hábito no es más que uno de los principios de la naturaleza y deriva toda su fuerza de ese origen.» (De “A Treatise of Human Nature”, por D. Hume)

«El factor de repetición … Según mis observaciones, en ciertas condiciones y en combinación con determinadas circunstancias, despierta sin duda la sensación de lo siniestro, que por otra parte nos recuerda la sensación de inermidad de muchos estados oníricos.» (De “Lo siniestro”, por S. Freud)

«Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos.» (De “El jardín de los senderos q ir se bifurcan, introducción”, por J.L. Borges)

En la película La chica de Colonia (Köln 75, de Ido Fluk), se traza una arbitraria secuencia con cierto tinte evolucionista que va desde los comienzos del jazz, con sus líderes de banda, iniciando con partituras de base, siguiendo con improvisaciones más o menos organizadas, desaparición del líder, conversaciones azarosas entre músicos que se presienten en el mismo acto, hasta llegar a un límite con Keith Jarrett, solo con su piano, presentándose ante el público en total ignorancia de cuál es la nota que sigue (no escucha ninguna música para evitar la posible sugestión inconsciente, recordando a ciertas sectas que intentan, por supuesto sin éxito, no influir en la supervivencia de todo lo demás, mediante el uso de barbijos, etc., convertidos en simples fetiches inútiles), dibujando una contradicción entre la supuesta espontaneidad que captaría el momento único y la pretendida anulación de todo lo que lo conforma, sin enfrentar eso que no depende de decisiones de aislamientos imposibles y que señala a la repetición de ritornellos en su música como vehículos de ideas que insisten (y que recuerdan, por ejemplo, al cine de David Lynch con nodos que buscan su expresión obsesivamente), como si el artista tuviera como misión desenredar y enredarse en los hábitos de una naturaleza de la que es parte ineludible y que no puede ver, como el ojo a sí mismo, mezclándose en el desenvolvimiento de lo que no admite conocimiento, con el sentimiento pleno de participar en la costumbre volátil, lanzada para modificarse a cada instante en mayor o menor medida por los nuevos patrones que intentarán persistir por un tiempo cuyas mesetas de estabilidad no pueden ser predichas pero que espejan fractalmente la repetición que avanza y se altera, plegando lo siniestro de un destino a casi una iluminación mística que, aburrida de largos consejos, se reabsorbe en la cabeza de un alfiler.