

La ceguera
«Entonces uno ve que la verdad relativa y la verdad absoluta son solo nombres para dos aspectos de una realidad. Incluso los términos relativo y absoluto son creaciones conceptuales. En última instancia, no hay tal distinción.»…»Es cuando se examina muy minuciosamente el concepto de causalidad que él comienza a desmoronarse, y esto es lo que les interesa a los Prasangikas. En cuanto a la forma en que funciona la causalidad aparente en el mundo, los Prasangika no afirman tener nada que añadir a lo que el mundo dice al respecto.» (De «Progressive Stages of Meditation on Emptiness», por Khenpo Gyantso Rinpoche)
En el momento mismo que postulamos 2 verdades, comenzamos un proceso de jerarquización interminable que inevitablemente desemboca en alguna especie de aristocracia, delineando la figura del sabio y de la receta, las interminables hermenéuticas de supuestos saberes que, aún con mala consciencia (en el mejor de los casos) pretenden hegemonía, pero aún la misma crítica se queda en el camino, en una nueva demostración de lo que una y otra vez nos es dado atestiguar, esto es, la imposibilidad de reflexionar nuestros pensamientos en el mismo sistema del que han emergido, o lo que es aún más dramático, la inaccesibilidad al origen de nuestro error (¿no será ese castigo a la vez la bendición por la cuál creemos sostener una verdad inapelable y por eso mismo, sostener la capacidad de su defensa?,¿ la depresión no será consecuencia de la aparente virtud de no ser engañados? – Les non-dupes errant), lo que a la vez imposibilitaría la misma crítica (todas las bases sobre las que afirmarnos para dar el golpe se han volatizado), desembocando al final del camino en convertir al propio lenguaje en impracticable e inútil (siempre hablando más allá de la comunicación científica – en la que engoblamos el sentido común – que ha probado su eficiencia en el curso de la humanidad, ajena, como debe estarlo, a las dudas de la existencia aunque debemos reconocer que de una manera o de otra, los escépticos, los nihilistas, los monjes, los ascetas y los filósofos siguen escribiendo, dejándonos esa opaca pero firme sensación que mas allá de su manifiesta inutilidad, cada signo parece ansioso de querer mostrarnos algo que advierte en su misma superficie, sin resignarse a nuestra aparente ceguera.