

La certeza
«Ninguno, que tenga una idea verdadera, es ignorante que la idea verdadera envuelve la mayor certeza. Porque tener una idea verdadera es solamente otra expresión de conocer algo perfectamente, o tan bien como sea posible. Nadie, ciertamente, puede dudar de esto, a menos que piense que una idea es algo sin vida, como una pintura o un panel y no un modo del pensamiento – digamos, el mismo acto de entender. Y quien, pregunto, puede saber que entiende algo, a menos que primero lo entienda? En otras palabras, quien puede saber que está seguro de una cosa, a menos que el primero esté seguro de esa cosa? Más aún, que puede haber más claro y más cierto que la idea verdadera como standard de verdad? Así como la luz despliega a sí misma y a la oscuridad, así también es la verdad un standard tanto para sí misma y la falsedad». (“Ethics”, Spinoza)
«If I can stop one heart from breaking -/I shall not live in vain -/ If I can ease one life the aching -/ Or cool one pain-/ Or help one fainting robin / Unto his nest again -/ I shall not live in vain.» (919, Dickinson)
Si puedo evitar que un corazón se rompa – No habré vivido en vano – Si puedo aliviar de una vida el dolor -/ O calmar un sufrimiento -/ O ayudar a un petirrojo desfalleciente/ En su nido otra vez -/ No habré vivido en vano» (919, Dickinson)
La ambulancia atraviesa, literalmente, una cadena de agonías («Vivir al límite», «Bringing out the dead» – entonces, «Traer a los muertos» es la traducción correcta de la película de M. Scorsese, que los distribuidores, ajenos a todo arte, deciden cambiar como un detalle menor, ignorándolo todo), a la manera de una aguja cosiendo retazos de puro dolor que inundan a Frank, el paramédico que es parte de ese sufrimiento universal (no puede evitar ser asaltado por la alucinación de Rose, la chica que no pudo salvar, asiste a las 14 veces en las que el padre de Mary vuelve a la vida por electroshock – una vuelta aún más dramática en su encarnación vegetal, ofreciendo un espejo cruel a la inútil perseverancia en el ser), como un moderno Buda recorriendo el mundo para crear sus verdades que parece encontrar en su función de lampazo de la aflicción («Me di cuenta que mi trabajo era menos acerca de salvar vidas que de atestiguar. Yo era un limpiador de penas», es la descripción de su satori, reflejado en su abrazo final con Mary, con un fade out cegador), idea que otorga luz al aparentemente alicaído sistema de Spinoza – al menos a la porción que tiene a las ideas comunes como garantes a esta altura esclavas de la sucesión, perdida la apodicticidad en los múltiples caminos físico-matemáticos irreconciliables – que vuelve a tomar impulso inesperadamente en una no tan nueva certeza, cambiando vertiginosamente solo el punto de conexión con la eternidad, manteniendo la convicción de la existencia de algo que espera el contacto para producir el resplandor, que lejos de la ceguera, hará anidar el universo en una simple vida.