

La confusión clara
«… por lo tanto la idea de la mente y la mente misma son una y la misma cosa, que es concebida bajo uno y el mismo atributo, a saber, el pensamiento. La idea de la mente, repito, y la mente en sí misma son en Dios por la misma necesidad y se sigue de él del mismo poder del pensamiento. Hablando estrictamente, la idea de la mente, esto es, la idea de una idea, no es otra cosa que la calidad distintiva (forma) de la idea en tanto es concebida como un modo de pensamiento sin referencia al objeto; si un hombre conoce algo, él, por ese mismo hecho, conoce que lo conoce, y al mismo tiempo conoce que conoce que conoce, y así al infinito.» (De “Ethics”, B. Spinoza)
«Todo el asunto del Hombre son las Artes, y todas las cosas, comunes. No hay secretas en el Arte. El Arte es el Árbol de la Vida.» (“Laocoön”, Blake)
«Ahora intentaré algunas palabras aquí acerca de ‘esto’. Pero no sé si eso pertenece en la misma categoría de ‘esto’ o no. Porque pertenecer en una categoría y no pertenecer en aquella categoría, ellas mismos forman una categoría simple!» (Zhuangzi)
Mucho más acá de sermones ejemplares — el “hombre común” explícitamente le niega al monje su pretendido discurso (película Rashomon, A. Kurosawa) —, ávidos de detenerse en egoísmos fácilmente detectables y por lo tanto desprovistas de interés, se asiste al inevitable desfasoje de las relatas del leñador, la viuda, el samurai y Tajomaru, el bandido acerca de las peripecias de sus propios cuerpos, no solo centrados en el autor del asesinato (quizás las investigaciones judiciales son douridas por las limitaciones a las cadenas infinitas que exige su disciplina para lograr resultados, hastío que en verdad comparte con todo saber acreditado) — cada uno se lo adjudica por algún particular interés — sino como un efecto estructural (el “hombre común”, oyente bajo la lluvia de todas las versiones, concluye que «la mayor parte del tiempo no podemos ni siquiera ser honestas con nosotros mismos») que hace girar a las ideas a una velocidad superior a la de la luz (o la velocidad límite de los cuerpos) con su capacidad de multiplicación en espejos que solo se frena en el Dios a priori de Spinoza, ese que le posibilita tener a raya un pensamiento que de otra manera se escapa al infinito (la idea de la idea de la idea), pero al precio de una correspondencia que clausura toda fisura para mantener su geometría cuyos resultados solo tendrán una chance no asegurada de aparecer, en el conocimiento intuitivo de Dios, después de un arduo y trabajoso camino que precisa abolir en el trayecto las aventuras de la existencia que muestra a cada paso el desajuste entre las palabras y los cuerpos, generando la hendidura por la que el arte se revela anticipando aquella intuición (en realidad el momento de su aparición es inefable), confundiendo con una gran claridad el esto y el aquello y el tiempo y la eternidad.