

La consciencia imposible
«Esto es lo que hace testeables a las nuevas teorías – por ejemplo, usando técnicas de neuroimagen tales como EEG para mirar a respuestas a errores de predicción social (errores de predicción que surgen en relación a situaciones sociales en gente deprimida vs no-deprimida.”…“la idea clave es que el poder de la gran música (y la gran literatura) reside en su habilidad para guiarnos a través de un proceso escalonado que primero construye y luego resuelve expectativas de manera confiable.”…»Es importante, sin embargo, que el proceso de reducción de errores salientes pueda ocurrir incluso cuando ya sabemos exactamente como va a terminar todo.» «Podría esta ‘predicción de nuestras propias predicciones’ contener una de las claves que faltan para entender nuestra propia experiencia consciente?…» Dennett nos recordó el poder de lo que durante mucho ha llamado «la inversión extraña».” (De «The Experience Machine», por Andy Clark)
En principio parecería ser el resultado de un consenso generalizado la crítica platónica a los sofistas, capaces de un engaño que de todas maneras merece atención (¿para que alertar sobre lo que se delata fácilmente a sí mismo?), dado el talento que despliegan para desviarnos de alguna verdad, aunque Sócrates, otra vez, vuelve a desorientarnos en la pseudo defensa que ensaya en el juicio de muerte (con sentencia firme desde su mismo inicio), cuando se reconoce uno de ellos, en una manera de dilapidar su herencia que obliga a demorarse, como si se tratara de una pista de otra pista, una indicación sobre la posibilidad de una señal que no puede ser dicha, relegando su propio trabajado discurso al que todos, sin excepción, parecen confluir, como si el solo hecho de hilar una palabra tras otra (más allá de las limitaciones que el lenguaje impone, etc) trajera como consecuencia un espectáculo grotesto de un desdoblamiento que avergüenza, con cada trazo generando su contrapartida que lo invalida (quizas es el mérito del otro el mostrarnos nuestro propio mensaje invertido, como propuso Lacan), haciendo coexistir en un mismo párrafo a los datos infalibles de los EEG con la duda abismal y generalizada de la ‘inversión extraña’ (esa que hace del principio de razón suficiente un ida y vuelta inaprehensible -¿es la buena cerveza la que atrae a la gente o es el alto consumo el que hace buena a la cerveza?- angustiosamente inquietante en su potencial extensión), que anula todo destello de imágenes o a la concepción hidráulica del cerebro y de la música (cuya caracterización de «grande» es en sí mismo otro síntoma), junto con el dilema del ‘ritornello’ que insiste en cada aparición, en una abundancia de palabras que cae en el abismo de su propio reflejo devenido en consciencia imposible.