

La contradicción del placer
“… la razón teorética pura, para la cual todas aquellas ideas son trascendentes y sin objeto, tiene simplemente que agradecer su facultad práctica. En esta se convierten inmanentes y constitutivas, siendo la fuente de posibilidad de realizar el objeto necesario de la razón práctica pura (el summum bonum); mientras que aparte de esto, son principios trascendentes, y meramente regulativos de la razón especulativa… no extendiendo sino aclarando su conocimiento para, por un lado, evitar el antropomorfismo como fuente de superstición; y por otro lado el fanatismo que promete lo mismo mediante la intuición supersensible.” (De “The Critique of Practical Reason”, por I. Kant)
“A consecuencia del primitivo conflicto, al que puso término la represión, experimenta el principio del placer una nueva fractura, que tiene lugar, precisamente, mientras determinados instintos se hallan dedicados, conforme al principio mismo, a la consecución de nuevo placer. Todo displacer neurótico es de esta naturaleza: placer que no puede ser sentido como tal.” (De “Más allá del Principio del Placer”, por S. Freud)
Cuando una teoría se pretende aplicar sobre otra, uno de los resultados (quizás el más común) es el aplastamiento sin piedad de la una sobre la otra, que recorta y traduce, quitando de los bordes el jugo excedente conformando una traducción brutal que ya dejó de serlo, aunque otro desenlace, quizás con la potencialidad de vislumbrar nuevos espacios, consiste en confrontar los bordes a los que se enfrentan, haciendo más claras sus batallas a partir de la luz del otro (ambas posibilidades se presentan en el análisis freudiano de Santa María la virgen y el niño, asfixiando a Da Vinci con el manto convertido en ave o evidenciando los molinos de viento que asolan a ambos) aproximación que podemos aplicar en el dilema del placer para Kant y para Freud (haciendo referencia al momento inmediatamente previo al desbarajuste que se preanuncia con el advenimiento de la pulsión de muerte), ambos víctimas de un desbalanceo propio de un equilibrista (recuerda también a Aristóteles con su búsqueda infructuosa del punto medio de la virtud, siempre en fuga), con la razón especulativa convertida ahora a un papel policíaco de control de su aparición que desmoronaría el edificio como si fuera necesario una detección continua de pérdidas inevitables que no ceden en catectizar fetiches, sustitutos de un placer que no debe ser reconocido, como si aún concediendo el poder legislador de la razón práctica, el objeto ya creado para inclinar la voluntad fuera de una debilidad constitutiva, aún apuntalado por la inmortalidad y Dios, llamados al socorro, para sostener lo que aparece como juguete del viento, como Freud ve a su yo, engañado aquí y allá por la fuerza irresistible de descargas que se encargan todo el tiempo de inventar cauces, aún a costa de su propia negación, porque lo revelador del final del trayecto no consiste en otra cosa que en la indiferenciación del placer y su contrario.