La costumbre invertida

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La costumbre invertida

«Las operaciones del frío sobre el agua no son graduales, de acuerdo a los grados de frío; pero en los casos que llega al punto de congelamiento, el agua pasa en un momento desde la máxima liquidez a una dureza perfecta. Tal evento, por lo tanto, puede ser denominado extraordinario, y requiere un testimonio bastante fuerte para hacerlo creíble para las personas en un clima cálido, pero aún así no es milagroso, ni contrario a la experiencia uniforme del curso de la naturaleza en casos donde todas las circunstancias son las mismas.”…”Un milagro puede ser precisamente definido, una transgresión de una ley de la naturaleza por una particular volición de la Deidad, o por la interposición de algún agente invisible. Un milagro puede ser descubierto por los hombres o no. Esto no altera su naturaleza y esencia. La elevación de una casa o un barco en el aire es un milagro visible. La elevación de una pluma, cuando el viento requiere tan poco de fuerza para ese propósito, es un verdadero milagro, aunque no tan perceptible para nosotros.” (De «An Enquiry Concerning Human Understanding», por D. Hume)

En la película «Beaucoup parler» («mucha charla»), de Pascale Bodet, lo extraordinario no reside en las trilladas peripecias de los inmigrantes en la búsqueda de sus papeles — aunque, por supuesto, existe ese circuito de análisis sociológico válido como todo lo demás — (de paso, no deja de ser interesante el adelanto de expectativas que convierte a esta legalidad negada en un objeto de deseo que promete una completud que da sentido a la vida — salvando, como siempre es necesario, las grandes diferencias que se esconden inevitablemente en las generalizaciones), enfrentando las ineludibles burocracias (obstáculos y retrasos que lejos de ser características particulares de un proceso, son inmanentes a cada paso de cualquier flujo que se desenvuelve en el tiempo — Freud mostró este juego en el despliegue de la vida hacia la muerte, señalando que Fort-Da es una y la misma cosa) que despiertan emociones dentro de la trama, sino en lo descabellado del hecho que Amr, el egipcio al que se sigue en sus aventuras, lleva 17 años viviendo en Francia sin hablar una gota de francés (también es iletrado en su idioma natal), sin entender los mensajes y sin la capacidad de emitirlos, casi un exponente puro de la interpretación radical de Davidson, que lleva al extremo esa triangulación entre personas, gestos y cosas, desnudando una especie de milagro de una comunicación que excede el mensaje, habitando el espacio creado por ser arrojados al mundo, con antecedencia al espacio de razones, posible por compartir la manera en que las impresiones son grabadas, acomodándose a la física y a la química de los cuerpos (y es otra manera arbitraria de categorizar, que separa en función de necesidades para persistir), haciendo evidente ahora por qué la elevación de una pluma por el viento es un prodigio cuyo valor es reducido a cero solo por la costumbre que nos alerta para intentar su inversión para ser testigos del portento.