

La curiosidad vana
«Si Hume tomó los objetos de la experiencia por cosas en sí mismas (como casi siempre se hace), él tenía toda la razón al declarar que la noción de causa es un engaño y una falsa ilusión; porque en cuanto a las cosas en sí mismas y a sus atributos como tales, es imposible ver por qué, dado A, B que es diferente, debe necesariamente ser dado también… Sin embargo, resultó de mis indagaciones, que los objetos con los que tenemos que ver en la experiencia no son en modo alguno cosas en sí mismas, sino meramente fenómenos. Sin embargo, se puede concebir muy bien que, como fenómenos, puedan estar necesariamente conectados en una experiencia de cierta manera (i.e.; con respecto a las relaciones temporales).”… “Mientras que siempre permanece un abismo infinito sin llenar entre aquellas límites y lo que conocemos; y habríamos prestado atención a una curiosidad vana en lugar de un deseo sólido de conocimiento.» (De “The Critique of Practical Reason”, por I. Kant)
«Nunca uno debería confundirse en el ejercicio de traducción por una apariencia de insolubilidad. Las ideas compulsivas más salvajes y peculiares pueden resolverse cuando se está debidamente absorto en la tarea.» (De “The Ratman”, por S. Freud)
La angustia de la influencia (que abre incógnitas interesantes sobre su propio origen) pone en escena a Kant tratando de sacudirse la idea genial y todavía con una dimensión no reconocida de Hume (¿cómo asimilar completamente la propuesta de la costumbre cuando se ve a las bolas de billar obedecer – al menos asintóticamente – leyes que se muestran de hierro? ¿cómo internalizar las consecuencias fantásticas que se derivan?), que rebaja el estatuto de la razón en un teatro desconectado con cosas (cualquiera sea su significado, hacia lo infinitamente grande o hacia lo infinitamente pequeño) cuya desvinculación imposibilita otorgarle verdad al conocimiento (incluidas las matemáticas en este empiricismo demoledor), agitación que provoca una maniobra ubicua (y quizás por eso mismo, permanentemente desapercibida) que consiste en desplazar el hiato desde las cosas entre sí a la separación abismal del fenómeno y el noúmeno y con ello a la invención de otro pegamento (en Hume abandonado a choques sin sentido, con el destino del escepticismo vaticinado por Kant mismo), esta vez en la figura de la libertad que tiene la chance de estar de los dos lados de la frontera que ella misma marca (y que a la vez salva de pensar en el vacío – ¿para qué pensar el otro lado si nunca podremos saber de qué se trata?), en un puente que le permite a Freud encontrar, de este lado, sentido a lo más disparatado, una vez que se ha levantado la inhibición que impedía enlaces verdaderos, aparejado – como siempre – con el precio a pagar, a saber la determinación de la letra que del otro lado dicta autoritariamente su ley, dilema que da testimonio de la persistencia de la angustia que, a partir de su imposible eliminación, transforma de un momento al otro, una curiosidad vana en una tarea esencial.