

La defensa innecesaria
«.. todas las ideas se toman prestadas de las impresiones.”…»Por lo tanto los diferentes grados de fuerza y vivacidad son los únicos aspectos que las distinguen. Y como esta diferencia puede ser eliminada en cierta medida por la relación entre la impresión y las ideas, no es de extrañar que una idea de un sentimiento o pasión puede por este medio ser vivificada hasta convertirla en el mismo sentimiento o pasión. La idea vivaz de cualquier objeto siempre se aproxima a su impresión y es cierto que podemos sentir enfermedad y dolor por la mera fuerza de la imaginación y hacer que una dolencia se vuelva real al pensar en ella con frecuencia.”…»Esta es la causa de la simpatía, y es de esta manera que entramos tan profundo en las opiniones y las atenciones de los otros.”…»Todas estas son pruebas evidentes que el orgullo y la humildad no son meramente pasiones humanas sino que se extienden a toda la creación animal.» (De “A Treatise of Human Nature” por D. Hume)
«Tales sucesos traumáticos aparentemente últimos… son, desde luego de carácter sexual y acaecieron en la pubertad del sujeto; pero fuera de estos caracteres comunes, presentan gran disparidad y valores muy diferentes.» (De La Etiología de la histeria”, por S. Freud)
«La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdem verbis redderetur auditum» (De “Funes el memorioso”, por J.L. Borges)
En un aparente adelanto de época, Alphaville (película de J.L. Godard), recorre la idea del gobierno por algoritmos, capaz de despojar a las mentes de toda emoción, como si la habitualidad de lidiar con inteligencias artificiales succionara hasta la capacidad de vibrar con cualquier forma de arte, dejando entrever cuáles podrían ser las consecuencias de la física de su tiempo en un deslumbramiento que otorga veladamente la verdad absoluta en las ecuaciones de Einstein y Heisenberg (sin duda ignorando las abismales limitaciones de las dos aproximaciones y las evidentes mutuas contradicciones), que está paradójicamente por abajo de una —ahora sí— imposible defensa de un arte condenado por lo mismo que pretende defenderlo, develando los vaivenes de las mitologías creadas por la putativa seriedad de las ciencias, capaces de invadir los poros aún de las mentes brillantes (e inevitables en las severas restricciones de la mente a partir de especializaciones imposibles de seguir) en la misma separación que instituyen en su afán de dominio, eliminada de un plumazo por Hume, en la circulación vertiginosa de impresiones que se convierten en ideas y de ideas que se convierten en impresiones que no precisa de la continua búsqueda de fundamento de Freud para explicar el brazo paralizado del histérico (excavaciones que sin embargo deben finalizar en la roca de la escena primaria, después de rendirse a la doble exigencia científica de eliminar disparidades y unificar explicaciones), atreviéndose a una nueva proeza, la de extender la naturalidad de las propensiones a los animales, en una continuidad asombrosa de un hilo que descree de integraciones, invalidando heroicas defensas —cuya verdad es exactamente lo opuesto de sus clamores— «para que nada ya vivido pueda ser repetido con las mismas palabras.»