La desaparición de la voluntad

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La desaparición de la voluntad

«Pero con respecto a las cosas que son hechas, desde el temor de males mayores o por algún objeto noble (por ejemplo, si un tirano fuera a ordenarle a uno hacer algo, teniendo los padres y los hijos de uno en su poder, y si uno hiciera la acción ellos fueran salvados pero de otra forma serían asesinados) puede ser debatido si tales acciones son involuntarias o voluntarias. Algo parecido pasa también con respecto a arrojar mercaderías fuera de abordo en una tormenta.”…»Ambos términos entonces «voluntario» e «involuntario» deben ser usados con referencia al momento de acción.”…»Tales acciones por lo tanto, son voluntarias, pero en lo abstracto quizás involuntarias; porque nadie elegiría ninguno de esos actos por sí mismo.» (De “Nicomachean Ethics” por Aristóteles)

Otra vez nos asalta el «esto» y su transformación en «aquello» como si una cámara imaginaria nos recorriera en circulo en un plano-secuencia que nos rodea, se aleja y se vuelve a acercar, sin darnos tiempo a imaginar la perspectiva, imposibilitando definiciones y mucho menos juicios sobre comportamientos que se mueven más allá del límite de la luz e impiden ahora hasta la misma adjudicación de intencionalidad — habíamos visto alguna vez la disolución del yo y con ello la evaporación de responsabilidades, aunque como corresponde sin impacto alguno sobre nuestros sistemas judiciales, pero nunca relacionada con la desaparición de la voluntad – porque al momento de acudir al hiperbolismo (quizás lo mejor del legado cartesiano, aunque limitado por el mismo Descartes, cuando en su impaciencia, se apresuró a decir que su yo existía) nos damos cuenta que, mucho menos que encontrarnos en un caso especial, la reflexión inunda cualquier intento que no podrá no deberse a «fuerzas mayores» como las que nos acechan en esa aparente situación límite del naufragio, que no es otro contexto que el que se nos presenta a cada instante en la vida cotidiana en donde cada acción obedece a la evitación de males mayores — aún los placeres están relacionados con un dolor que se aplaza (y aquí se nos aparece una vez más Schopenhauer, con el sufrimiento como lo único que existe) — y que nos hace pensar en posibles excepciones (como si la filosofía no fuera otra cosa que hacer más visible la jaula para después ensayar el escape) que comienzan a tomar contorno en esa primera postulación de principios intuitiva (¿nos hemos puesto a pensar cómo hace un depresivo para salir de su depresión — desechando incorporaciones químicas externas — cuando le es imposible imaginar qué acción lo devolverá a la vida, envuelto como está en el sin-sentido que inaugura un anclaje ajeno al principio de razón suficiente? – no hay forma de que las fuerzas mayores hagan su trabajo en algo que está en el mayor de los aislamientos) y que debe parte de su virtud a la impredecibilidad desatada capaz de deslumbrarnos aún luego de consecuencias en apariencia desastrosas.