

La deshonestidad del predicador
» El pragmatismo hace su pregunta habitual: «concede que una idea o creencia sea verdadera», dice, «¿qué diferencia concreta hará su ser verdadero en la vida real de alguien?¿Qué experiencias pueden ser diferentes de las que se obtendrían si la creencia fuera falsa?¿ cómo la verdad será concretada?¿cuál, en suma, es el valor en efectivo de la verdad en términos experienciales?»»…»Las ideas verdaderas son aquellas que podemos asimilar, validar, corroborar y verificar. Las ideas falsas son las que no podemos.» (De «Complete Works of William James»).
En épocas de redes sociales se ha convertido en una obviedad la dimensión del «cash value» en relación al impacto (a manera de bolas de billar y medición de cantidad de movimiento) que la habitualidad de una causa pueda tener sobre sus efectos, aunque sin duda debemos reconocer que siempre estamos operando en un espacio instrumental que requiere de objetivos – por ejemplo, parece claro que ponemos más allá de toda discusión que la supervivencia es el bien supremo sobre el que nuestra medición tomará comparación -, siempre controversiales, a la vez que precisamos del terreno compartido de la comunicación (podemos hasta tomar el desafío del laboratorio como una metáfora), quizás plegándonos a una versión del principio de los indiscernibles (y no es casual que traigamos a Leibniz al corazón del terreno enemigo, en la intención de resaltar lo que está en la base de tanta enérgica diligencia que aborrece de la metafísica) que nos recuerda a Wittgenstein y su rueda ajena al mecanismo que gira loca, recordándonos que permanecemos en la evaluación de sistemas que, sabemos, flotan en el éter de la convención, con sus axiomas de base que paradójicamente marcan una posible dependencia de emociones ajenas a las inducciones e inferencias (¿no nos dijo Wittgenstein que aquí accedemos al espectáculo de la tautología, recogiendo la que sin saberlo nos propusimos desde el principio, jugando a la aparición de una sorpresa estructuralmente imposible?), cuestión que en definitiva desnuda lo desigual del terreno en donde la batalla se plantea, desembaozando abiertamente una petición de principio (la definición de la verdad en el laboratorio no está en el laboratorio), poniendo de relieve la necesidad ineludible de deshonestidad cuando se trata de coleccionar adeptos.