La destrucción infinita

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La destrucción infinita

«La doctrina de la filosofía del organismo es que, por muy lejos que se empuje la esfera de la causali­dad eficiente en la determinación de los componentes de una concrescencia – sus datos, sus emociones, sus apreciaciones, sus propósitos, sus fases de metas sub­jetivas – más allá de la determinación de estos componentes siempre permanece la reacción final de la unidad auto creativa del universo.”…»Un rol de los objetos eter­nos es que son aquellos elementos que expresan cómo se constituye cualquier entidad real por su síntesis de otras entidades reales, y cómo esa entidad real se desa­rrolla desde la fase dativa primaria hasta su propia existencia real individual, involucrando sus goces y apetitos individuales. Una entidad real es concreta porque es tal particular concrescencia del universo.» (De «Process and Reality», por A. N. Whitehead)

A menudo nos hemos declarado del linaje de aque­llos que ven en la ciencia un sesgo provincial, afir­mación problemática toda vez que asistimos justa­mente a los argumentos en contrario de teorías físico-cosmológicas que curiosamente han obtenido protagonismo en la divulgación monetizada (que ha­bla sin duda de un extenso público ávido de una teoría del todo que nos deje en paz, que no sorpren­dería si fuera el mismo que consume diversas y variadas propuestas – siempre pagas, por supuesto – de ansiados y amigables nirvana) de sus pretendidas (y siempre unificaciones), de las que sospechamos algunas causas de sus fracasos (que no impiden la continuación de una búsqueda que se conver­tiría en heroica en la convicción de su inevitable frus­tración), cuando nos demoramos en las bases de la relatividad (y podríamos hacer ejercicios similares sobre la teoría de las cuerdas, etc), que otorga el carac­ter de «pegamento» a la velocidad de la luz y a su consecuente cono de causalidad (conformado por ct y -ct), afuera del cual no hay nada, constituyéndose en el límite del universo propuesto, que elimina el pasaje del tiempo en sus bordes (no hay tic-tac del reloj viajando a la velocidad de la luz) pero que a la vez deja preparado su desmoronamiento en la posibili­dad de la inflación primera y la posible expansión «actual», ambas a una velocidad que deja entonces a nuestro universo afuera (el «momento» posterior al Big Bang y la expansión no tendrían ni historia ni se avendrían al principio de conservación de energía/ información), iluminándonos el intento de Whitehead que ve en las indudables concrescencias que nos ro­dean, una contigencia más que depende, una vez mas, de principios que la exceden, dejando ahora a los objetos eternos a la espera de lo que los destruirá.