

La elección equivocada
“Parece pues, como se ha dicho, que el hombre es principio motor de las acciones. Ahora bien, la deliberación se refiere a las cosas que debe hacer el agente mismo, y las acciones son por cosas distintas de sí mismas. Porque el fin no debe ser objeto de deliberación, sino solo el medio; ni tampoco pueden ser objeto de ella los hechos particulares como si esto es un pan o ha sido horneado como debe; porque estos son asuntos de percepción. Si hemos de estar siempre deliberando tendremos que ir hasta el infinito.» (De “Nicomachean Ethics” por Aristóteles)
Es siempre sencillo, pero a la vez aburrido, el concentrar nuestra atención meramente en el contenido a mejor dicho en el mensaje limpio que supone fidelidad a lo que quiere ser comunicado – de alguna manera, en realidad, es una pérdida de tiempo si entendemos, que esa asepsia al fin del día no conduce a nada – volteando nuestra mirada no a lo latente (en la forma en que el psicoanálisis nos aconseja, porque esa búsqueda solo gana un poco de tiempo, teniendo en cuenta que más temprano que tarde y según la formación y la paciencia del terapeuta, la latencia será anclada una vez más, sin ningún paso hacia adelante, como Deleuze nos lo ha enseñado), sino a las furias que los autores intentan contener sin éxito, porque quizás esos sean los momentos reveladores de las inconsistencias que se intentan eludir (quizás nuestras angustias y enojos no sean otra cosa que los epítomes de aquello que necesita ser explotado más que eliminado) que a su vez representan la diferencia que no encontramos en la letra que se nos ofrece más a la mano, como cuando Aristóteles se cansa de la búsqueda de la quinta pata del gato (y mucho más sintomático proveniendo de alguien que hizo de esa búsqueda la razón de su vida), trazando un límite a la vocación obsesiva de la razón, como si su hiperbolismo conspirara contra sus propios fines que creemos advertir en el mismo título de su trabajo (o el de las transcripciones de sus discípulos que para el caso es lo mismo – y que demuestra, una vez más, la pérdida de tiempo en la búsqueda de las «verdaderas fuentes»), porque para la construcción de una Ética direccionada hacia su propio hijo es preciso frenar en algún punto que abroche el sentido lábil de los significados, como si más tarde o más temprano tuviéramos que abdicar de la valentía para enfrentar la paradoja inevitable, aunque siempre nos quedará la impresión que podríamos haber dado un paso más, esos que damos en las tinieblas y sin ninguna garantía, y que virtualmente nos podrían haber llevado a alguna maravilla que sentimos hemos perdido para siempre con la elección equivocada.