

La emoción poética
«Por lo tanto observaré, que como la mente está dotada del poder de excitar cualquier idea que le plazca; siempre que envíe los espíritus hacia esa región del cerebro en donde se encuentra la idea; estos espíritus siempre excitan la idea cuando corren por las huellas apropiadas y hurgan esa celda, que pertenece a la idea, pero como su movimiento rara vez es directo y naturalmente se inclina un poco hacia un lado o el otro; por esta razón los espíritus animales, cayendo en las huellas contiguas, presentan otras ideas relacionadas en lugar de aquella.» (De “A Treatise of Human Nature”, por D. Hume)
«Trátase en ellos estados maníacos de una influencia que hace de repente superfluo un esfuerzo psíquico sostenido durante largo tiempo… quedando entonces tal esfuerzo disponible para las más diversas aplicaciones y posibilidades de descarga.» (De “Duelo y melancolía», por S. Freud)
“Es común afirmar que el verso libre no es otra cosa que un simulacro tipográfico; pienso que en esa afirmación acecha un error. Más allá de su ritmo, la forma tipográfica del versículo sirve para anunciar al lector que la emoción poética — no la información o el razonamiento — es lo que está esperándolo.» (De “Elogio de la sombra”, por J.L. Borges)
En la película “Dreams, Love, Sex” (de J. Haugerud), Johanne escribe en la autoconfesada intención de materializar su experiencia, como si no hacerlo desembocara en el esfumado completo de lo que no quiere dejar escapar, aunque lo que supuestamente debería oficiar de reaseguro contra el olvido se revele como una gran ambigüedad (que puede dar lugar a la denuncia de su madre o a la de Johanna —que no por casualidad solo se diferencia en una letra de su propio nombre—, objeto de su amor), que impide afirmar «hechos” para convertirse en trazos de trazos, en huellas que generan huellas sin esperanza de origen, en una proliferación a la espera de su misteriosa activación que Hume adjudica a los espíritus y Freud — en un cambio de juego de lenguaje que siempre tiene la virtud de la creación de una nueva red dispuesta a convertirse en otra — a la líbido, coincidiendo todos en dos fenómenos aparentemente imprescindibles, huellas y energía, que Freud ni siquiera cuestiona — probablemente influido por las certezas que creía encontrar en la ciencia de su tiempo — y Hume define como el límite expreso de su investigación (todo paso más allá convertido en abstracciones contradictorias e inútiles, clasificación en la que caerían todas las especulaciones de la física moderna), como si la mente, al haber sido arrojada como todo lo demás, no tuviera ningún privilegio sobre las cosas, todas sujetas a un impulso que va dibujando sobre la marcha, ciego hasta para él mismo, dejando los restos en el camino que se convierten en el trampolín para un futuro incierto, aunque parecería ser que en algunos momentos impredecibles, ante la pintura que se presenta, un halo inexplicable recubre las marcas.