La epifanía silenciosa

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“El bien como opuesto al mal es equivalente a él en un sentido, como en todos los opuestos.”…”Ejemplos: robo y respeto burgués por la propiedad; adulterio y ‘mujeres honestas’; ahorro de bancos y despilfarro; mentiras y ‘sinceridad’. El bien es esencialmente otro que el mal. El mal es múltiple y fragmentario,el bien es uno, el mal es aparente, el bien es misterioso, el mal consiste en acción, el bien en no-accion, en acción no-actuante, etc. El bien tomado al nivel del mal y oponiendosele como un opuesto a un opuesto es un bien de código penal.”…”El inocente sufriente conoce la verdad sobre su torturador, pero el no es sensible a ello.”…”Porque no es sensible en el criminal es el crimen. Lo que no es sensible en el inocente es la inocencia.” (De “Gravity and Grace”, por Simone Weil).

La pretensión de definir la ética quizás tenga, como uno de los motivos de su fracaso, a la multiplicación de niveles que son exigidos en la medida que el juicio requiere su despegue del plano en evaluación que se presenta siempre insidiosa mente uniforme, como una regla graduada arbitrariamente, que precisa de contraste para tomar su perfil (quizás la depresión, caracterizada como psicosis en la noseologia freudiana, se distinta de la esquizofrenia en la revelación de la indistincion del gris que todo lo invade en contraposición al brillo absoluto de palabras desancladas), permitiendo la dialéctica escolar que agrega más uniformidad a las cosas, prometiendo una síntesis que esconde su aburrimiento en una especie de progreso espiral así (Hegel alejado de esta interpretación banal pero efectiva, y más cercano al intento de Weil), que precisa de otro testigo en proliferación para sacarlo del tedio que experimenta al segundo o tercer giro, que nuevamente se inserta en una seguidilla constante y rectilínea que constituye una nueva regularidad, conformando una celda cuyos barrotes se multiplican y se desplazan como en una pesadilla sin fin , dando paso a espasmos para sacudirse la camisa que aprovecha para ajustarse un poco más, cuando en un descuido producto de un esfuerzo descomunal y sin sentido – siempre y cuando la gracia nos ayude a sostenerlo –, puede advertirse la revelación de la verdad invertida (en la que Lacan insistió), que precisa del otro para desplegarse, en una aparición esencial en donde el sufrimiento se absorbe sin rebote imaginario para separarse de ese plano nefasto de código penal que nos condena y en su bienvenida hace consistir ese paso primordial hacia una epifanía que de todas maneras no podrá hacer otra cosa que callarse.