La equitación sin caballos

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La equitación sin caballos

“¿Alguna vez el hombre, Meletus, creyó en la existencia de cosas humanas y no de los seres humanos?.»…»Al­gún hombre ha creído en la equitación y no en los ca­ballos?¿O en tocar la flauta y no en flautistas?..». «No hay ningún hombre que lo haya hecho.» (De «Apology»,»Plato: The complete works», por B. Jowett)
«Alicia exclama:» ¡Bueno! A menudo he visto un gato sin una sonrisa, ¡pero una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa mas curiosa que he visto en mi vida!» (De “Alicia en el país de las Maravillas», por L. Carroll).
“Los inves­tigadores tomaron un haz de neutrones y los sepa­raron de su momento magnético, como pasajeros y su equipaje en la seguridad del aeropuerto» (por James Morgan, Reportero de Ciencia, BBC)

Asistimos a una complicidad inesperada entre acusador y acusado, ambos necesitados de iden­tificaciones claras que aún en su rivalidad, los posicione en el mismo plano para que la conver­sación insista sin agregar nada, performando el espacio común con su juego de permisos e inhibiciones, conformando el verdadero castigo de Sócrates, que no consiste en su muerte a anunciada y suavizada por la racionalización de dudosa efectividad que los estoicos elevaran en su «memento moris» y que Marco Aurelio utilizara por la noche después de sus batallas, sino en el suplicio de defenderse, que lo obliga a balbucear como una marioneta a través de la que el senti­do común se esconde como un polizón, obviando lo que Alicia entrevió esperanzada, a saber, esa sonrisa sin sustento que Whitehead supo señalar (¿no son sus sets abstractivos otra cosa que so­nido sin flautas ni flautistas, producto de planos que se entrecruzan provocando su destello sin soporte?) para dejar abiertas todas las puertas sin necesidad de las confirmaciones científicas que a pesar de su aparente amplitud, no pueden menos que desembocar siempre en colapsos que congelen, aunque también deberíamos explorar la posibilidad (sin dudas empujados por ese Sócrates que sobrevuela por afuera de ese hom­bre en el banquillo, resultado de una encarna­ción arbitraria pero necesaria para su existencia, como aquel gato que solo sirve para conducir afec­tos) que Sócrates, deseoso de la muerte que se ha­ce esperar, ha reconocido que la única forma de permitirnos conjeturar el fantasma al que él le presta el cuerpo es identificarse, negando la posi­bilidad de equitación sin caballos.