

La escalera de la razón
«La idea es que al comenzar con la primera comprensión gruesa de sentido común de uno, uno progresa a través de etapas cada vez más sutiles y mas refinadas hasta llegar a una comprensión completa y perfecta. Cada etapa del proceso prepara la mente para la siguiente en la medida en que cada paso está completamente integrado en la comprensión de uno a través del proceso de meditación.»…»De la misma manera, es muy poco probable que una persona obtenga una comprensión precisa de las enseñanzas más profundas del Buda sin haber pasado por las etapas progresivas de la enseñanza que conduce a ellas.» (De «Progressive Stages of Meditation on Emptiness», de Khenpo Rinpoche)
El texto nos arroja a la paradoja de direccionarnos a la experiencia directa a través de una comprensión en progreso ( no nos faltan los consejos de desechar la razón por aquellos que la consideran incluso un obstáculo – aunque para nuestra sorpresa el mismo texto en donde el párrafo citado está incluido, parece abogar por esa misma idea, como si no pudiéramos vivir sin nuestras cabezas pero tampoco con ellas), además de recorrer el dilema (al que parecemos caer naturalmente después de haber asegurado la necesidad de comprensión progresiva) entre el privilegio reservado solo a algunos (solo un puñado de mortales tendrán la chance de transitar por los claustros en los que la lógica necesaria para el discernimiento adecuado se entrega, siempre, de una manera o de otra, a cambio de dinero) y la gracia con probabilidades extendidas a todos y a cada uno, fuera de toda predicción, pero al mismo tiempo nos hace pensar si finalmente no es esta misma contradicción imposible de desenvolver en el tiempo a través de letras y palabras, la que se intenta mostrar desesperadamente (es siempre interesante ver la angustia que nos transmiten los místicos cuando tratan de guiarnos en la más absoluta oscuridad), rindiéndose algunas veces (porque rendirse es resistir), apelando a la razón (porque la razón es experiencia directa), corriendo siempre el riesgo que impone ese filo angosto entre la excitación y el abandono, el vale todo y una ética admirable, porque al fin del día, con la fuerza de un tornado, se nos impone la tarea de desentrañar semejante acertijo a nosotros mismos, desprovistos de un plumazo de toda prótesis, desnudos a la intemperie y sin el mas mínimo amparo – y quizá en ese mareo que nos da el terror, algo aparece.