

La escalera
«Por ejemplo, un círculo existiendo en la naturaleza, y la idea del círculo existiendo, que también está en Dios, son una y la misma cosa desplegado a través de diferentes atributos. Entonces, si concebimos a la naturaleza bajo el atributo de la extensión, o bajo el atributo del pensamiento, o bajo cualquier otro atributo, encontraremos el mismo orden, o una y la misma cadena de causas – esto es, las mismas casas siguiendo en cada caso. Digo que Dios es la causa de una idea – por ejemplo, la idea de un círculo, – tanto como él es una cosa pensante; y de un círculo, en tanto él es una cosa extensa, simplemente porque el ser real de la idea de un círculo puede solo ser percibido como una causa próxima a través de otro modo de pensamiento y otra vez a través de otro y así al infinito.» (De “Ethics», por B. Spinoza)
«Las Cuatro Criaturas Vivientes, los Carros de la Humanidad, Divinos, Incomprensibles, en hermosos paraísos se expanden. Estas son los Cuatro Ríos del Paraíso y las Cuatro Caras de la Humanidad frente a los Cuatro Puntos Cardinales del Cielo que avanzan, irresistibles de Eternidad en Eternidad.» (“Jerusalem”, Blake)
«Hay algo de innombrable en el que permite a todas las criaturas deleitarse en sí mismas, Es alguien que se posiciona en lo insondable y deambula por su camino donde no hay nada en absoluto.» (Zhuangzi)
Tanto en El deseo de Veronika Voss (“Die Sehnsucht der Veronika Voss” de R. Fassbinder) como en las otras películas de su trilogía, el director se centra en la desmedida comoditización de personas y de cosas (el plano de equivalencia que el dinero cruelmente abre) en la Alemania dominada de posguerra, con el inevitable contrapeso de alguna nostalgia escondida de cierta espiritualidad perdida (es importante destacar que el esplendor de Veronika está asociado a su relación con Goebbels), miserias análogas a los paraísos perseguidos y perdidos de Heidegger con su ineludible relación con el nazismo, plagada del misticismo profundo cuyo terror surge de su exilio del espacio de razones, ese que Spinoza intenta establecer como antídoto a su expulsión por el salvaje tribunal de La Sinagoga, diagramando un fantástico universo en el que un paralelismo maravilloso hace equivaler por separado la secuencia de las ideas y las cosas, desde arriba hacia abajo, independizando su verdad de cualquier hallazgo científico (la relatividad y lo cuántico queden seguir divorciadas para siempre), con el albur que paradójicamente hace correr un entendimiento limitado y confuso que impide que pueda advertirse ahí afuera ese círculo que Hume delató por apócrifo —no hay puntos sin extensión, no hay líneas, no hay planos, no hay Euclides más que en la imaginación—, dejando a la vista un aparente triunfo que se desuelve apenas se divisa la trampa de la razón, incapaz por definición de abarcar el infinito solo en manos de Dios, hundida en el vértigo de una cadena siempre interminable que impedirá por siempre su verificación pero que despliega la intuición de lo uno en el que se puede ahora deambular después de haber arrojado la escalera.