

La esclavitud de la perseverancia
”Nota: Aquel que comprenda correctamente que todas las cosas derivan de la necesidad de la naturaleza divina y ocurren de acuerdo con las leyes y reglas eternas de la naturaleza, no encontrará nada digno de odio, burla o desprecio, ni se compadecerá de nada, pero con la mayor medida de la virtud humana se esforzará por hacer el bien, como dice el refrán, y por alegrarse. Podemos añadir que aquel que se deja llevar fácilmente por la compasión y se conmueve ante el dolor o las lágrimas de otra persona, a menudo hace algo de lo que después se arrepiente; en parte porque nunca podemos estar seguros de que una acción provocada por una emoción sea buena, en parte porque las lágrimas falsas nos engañan fácilmente.»
(De «Ethics», B. Spinoza)
«One need not be a Chamber – to be Haunted -/One need not to be a House – / The Brain has Corridors – surpassing / Material Place – / Far safer, of a Midnight Meeting / External Ghost / Than its interior Confronting – That Cooler Host. / Far safer, through an Abbey gallop, The Stones a’ chase ~ / Than, Moonless, one’s own self encounter / In lonesome Place.» (670, E. Dickinson)
El capitán Jorge Silva («Hangar Rojo», película de J.P. Sallato) parece haber entendido las leyes de movimiento y reposo que siguen los cuerpos después de su defensa del Presidente Allende en el primer golpe fallido, que sin embargo ha servido para marcarlo como enemigo por el nuevo alzamiento al que debe acomodarse si quiere seguir viviendo junto a Rosa, su esposa que sufre doblemente por su marido y por los secuestros en su universidad. Esto agrega a los cálculos del capitán aún mayor dramatismo, que llega a su extremo en la obligación que le impone su coronel de interrogar a los detenidos desprovistos de toda defensa y toda garantía, y mucho peor, cuando se le encarga simular un escape de los presos para proceder a su ejecución (entre los cuales está Villagrán, que le espeta «mejor morir que colaborar con un traidor», ciego a los mecanismos que le posibilitarían seguir viviendo), mecanismos que también son salteados por el capitán, que prefiere las seguras consecuencias de sus actos para evitar la muerte de sus prisioneros antes que seguir perseverando en su ser (a lo que está acostumbrado en su profesión de paracaidista, experto en todos los resortes que le permiten «sentir la libertad» mientras arriesga su vida mediante un cálculo que puede compartir con el Sargento Hernández, que también duda de tanta muerte y tanta obediencia ciega), ambos se rebelan contra ese engranaje siniestro, cuya salida no depende solo de la segura ceguera que la emoción garantiza, sino que los vericuetos de la mente dejan un resquicio por donde se puede filtrar una ética que también pueda ser comprendida, pero opuesta al vasallaje que impone la supervivencia, ética que resulta mucho más efectiva que cualquier fantasma externo, diferenciándonos de las piedras, más acá de las fallidas emociones.