

La espada implacable
“Por la misma causa, es decir, por falta de conocimiento, el Decálogo en relación con los hebreos era una ley, pues como no conocían la existencia de Dios como una verdad eterna, deben haber tomado como ley lo que se les reveló en el Decálogo, es decir, que Dios existe y que solo Dios debe ser adorado. Pero si Dios les hubiera hablado sin la intervención de ningún medio corporal, inmediatamente lo habrían percibido no como una ley, sino como una verdad eterna.” (De “A Theologico-Political Treatise”, B. Spinoza)
“Not ‘Revelation’ – ’tis – that waits.
But our unfurnished eyes.” (685, Emily Dickinson)
“No es la ‘Revelación’ – lo que espera –
Son nuestros ojos – sin amueblar.”
Sasaki, el samurai ávido de renombre, es capaz de matar a una gaviota volando o cercenar con un corte preciso, el cuero cabelludo de otro guerrero, habilidades con las que logra la fama que le servirá para servir a un Señor y asegurar su estilo de vida pero que a la vez lo diferencian de su enemigo Musashi Miyamoto (película “Duel at Ganryu Island”, última de la Trilogía Samurai de Hiroshi Inagaki), que vagabundea como ronin sin dueño, por fuera de las convenciones, capaz de atrapar moscas en vuelo y salir victorioso de más de 60 duelos pero cuyo propósito es completar la formidable destreza con su origen para abrazar el Camino, más cerca de la caligrafía, del tallado de madera o de la escritura que de la sangre que derrama su espada (la contienda finalmente, para poner a prueba los principios de su libro de los cinco anillos: “Conocer a tus oponentes y conocerte a ti mismo, tu victoria no estará en peligro”) que lo obliga a una empatía curiosa en un guerrero (Takuan y Nikkan, los monjes budistas, le advierten que el camino no es solo la espada desnuda), el secreto, quizás, de una superioridad no buscada, al menos convencionalmente, y que le posibilita ganar su último duelo con el gran Sasaki, luego del que su historia se desvanece, dibujándolo como el último hito antes de la escritura de su libro, fuera de la escena – es importante mencionar que la película está filmada con lentes esféricos, en proporción 1.33:1, muy distinto al widescreen con el que se filmaban las batallas –, y que le otorga esa profundidad que Musashi está empeñado en encontrar, revelada en las series de eventos que todo lo componen y que finalmente le otorgan el sentido de necesidad a cada acontecimiento, desligándolo de una ley arbitraria (quizás esta sea una de las razones por las que Miyamoto lucía una excentricidad comparable a Diógenes) para convertir todo en una necesidad eterna y parte de un conjunto que no podría ser de otra manera (y no se trata del “mejor de los mundos posibles” sino del único y de la verdad), como si ese peregrinaje en búsqueda de no sabemos qué tuviera como último y desconocido propósito, amueblar nuestros ojos para que lo que se llama Revelación aparezca en la compasión por el otro, mucho más allá de la implacable espada de Sasaki.