La espontaneidad que insiste

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La espontaneidad que insiste

«Ahora, ¿realmente te imaginas que podría haber sobrevivido todos estos años si hubiera llevado una vida pública, suponiendo que, como un buen hom­bre, siempre hubiera mantenido lo correcto y hubiera hecho justicia, como debería, la primera cosa? No ciertamente, hombres de Atenas, ni yo ni ningún otro hombre.»…»Porque si te digo que hacer lo que dices sería una desobediencia a Dios, y por lo tanto que no puedo contener mi lengua, no cree­ras que hablo en serio; y si vuelvo a decir que dia­riamente hablar sobre la virtud, y de esas otras cosas sobre la que me oyes examinarme a mí mismo y a los demás, es el mayor bien del hombre, y que la vida no examinada no vale la pena ser vivida, es aún menos probable que me creas.» (De «Apology», “Plato: Complete Works», por B. Jowett)

Desde el momento en que podíamos intentar alguna convivencia entre ciencia y filosofía (basta recor­dar a esas figuras ya míticas en las que eran visibles al mismo tiempo trazos que podríamos, con cierta licencia, agrupar junto con el arte y otras disciplinas – aunque ya Platón inaugura­ba un esbozo de separación), no han cesado en intentos de difenciarse, arriesgando juicios nega­tivos (quizá la angustia de la influencia también toma su parte en el drama), con marcados ápi­ces en la historia reciente y en nuestros días, como si a cada una la desvelara la posibilidad de encontrar su verdad en la otra, intuyendo su fin en la mezcla que Sócrates barrunta si arriesgara su enseñanza de nada en un Estado que exige objetividad, dando testimonio también a un ines­perado afán de permanencia de lo que no tiene va­lor pero que curiosamente se percibe peligroso, evitando ser atrapado doblemente, condenando su no-saber al catálogo de consejos y sacrificado justamente por su incapacidad pragmática, puesta en evidencia en la misma descripción desprovista de valor que Sócrates hace de los propios funda­mentos que lo mueven, como si los dioses que le han dado la certidumbre de su destino y sus ex­posiciones habituales acerca de lo virtuoso no fueran otra cosa que una farsa que ni él mismo se cree, utilizando a su mismo público para graficar el nihilismo que se ha apropiado de él al momento de su muerte, como si la pro­ximidad de ese instante ensayara un bosquejo
de un desdoblamiento feroz que desnuda la im­posibilidad de una espontaneidad que increíblemen­te intenta regresar una y otra vez.