

La eternidad de lo efímero
» Haciendo los actos que hacemos en nuestras transacciones con otros hombres, es que nos convertimos en justos o injustos y haciendo, los actos que hacemos en la presencia de peligro y en estar habituados a sentir temor o confianza nos convertimos en valientes o cobardes.» … «estamos investigando no con el objeto de conocer que es la virtud, pero con el objeto de convertirnos en buenos.» … » Los asuntos que conciernen con la conducta y preguntas acerca de lo que es bueno para nosotros no tienen fijeza, no más de los asuntos de salud.”…» ellos no caen bajo ningún arte o precepto sino que las agentes mismas, deben en cada caso considerar lo que es apropiado para la ocasión.» (De “Nicomachean Ethics” por Aristóteles)
Si nuestra intención era encontrar el sistema que nos permitiría argumentar lógica y racionalmente sobre las elecciones de nuestros comportamientos, no podemos evitar cierta frustración, cuando caemos en la cuenta que después de mucho buscar, mucho más acá de la razón (después de haber ido bastante más allá) el punto de partida es una intuición – en realidad es la salida de la paradoja de Menón, sin la que la ética sería imposible sin una postulación genética, que sin duda Aristóteles descarta – que debemos detener a cualquier consideración, teniendo en cuenta como ya nos explicara, que la fijeza que exige la razón (que solo puede actuar de a mesetas, cada una suspendida en el tiempo para poder manipular sus elementos), no nos es concedida por el torrente de la vida (hemos visto como ni los muertos se salvan de los vaivenes de la fortuna), erigiéndose como única ancla en la ejecución del acto ético (¿no estamos bastante cercanos acá al Abraham de Kierkegaard, obligado a no entender – y que paradójicamente Kierkegaard pretende explicarnos?) y cuya novedad está en su socialización (sin el sistema que obligue a los hombres a coincidir, necesitamos de algo más para que todo no termine en una atomización que tampoco parece ser el caso), proponiendo sin demasiados fundamentos, simplemente preocuparnos por ser buenos en cada evento en que nos encontremos, que tendrá una resolución diferente en cada caso (¿no recordamos acá al Manual del I Ching, siempre el mismo pero infinito en las caídas del tallo de milenrama que nos sugerirán nuestras conductas?) pero que a fuerza, de un hábito que en principio no entendemos (y vemos clara una vez más la diferencia con Platón que disponía nuestra cabeza por delante), contagiamos, incluso a nosotros mismos (y apreciamos desde otra perspectiva la idea de Pascal de ir a la iglesia para hacernos católicos – y no la inversa) eso que ahora se ha transformado en un acto automático y como tal ajeno a lo efímero y volátil y cercano a una eternidad que no hemos buscado.