La eternidad del caos

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La eternidad del caos

«Es justo que lo aprendas todo – tanto el corazón imperturbable de la persuasiva verdad_ como las opiniones de los mortales, en las cuales no hay creencia verdadera. No obstante aprenderás también esto: como las apariencias habrían tenido que exis­tir genuinamente, siendo en todo (momento) la totali­dad de las cosas.»…»No fue jamás ni será, pues ahora es todo junto. Uno, continuo. Pues, que génesis le podrías buscar? ¿cómo y dónde ha crecido? No te permitiré de­cir ni pensar: «de lo que no es», pues no es decible no pensable que no es. ¿Qué necesidad lo habría impulsa­do a nacer, después más bien que antes a partir de lo que no es nada? De este modo, es necesario que sea del todo o que no sea.» (De» El poema de la naturaleza de Parménides», trad. Alfonso Gomez Lobo)

La ciencia y el sentido común aborrecen las interpre­taciones en abismo, en la obligación permanente de dar respuestas imprescindibles para la cons­trucción sucesiva – casi como lo que observamos cuando se magnifica un proceso biológico con los suficientes aumentos como para advertir un cierto caos palpitante que va tomando formas asombro­sas desde el sin sentido -, sentimiento que contagia, para nuestro desconcierto, al arte mismo, eri­giendo jueces que deben fallar en la elección de autenticidades, imponiendo identidades canónicas, desechando la abundancia que convierte a todo en nada, señalando de lejos los riesgos de un relativis­mo agobiante y estéril (qué impulsaba a Sócrates a seguir viviendo?), acusando a los transgresores de hacer decir a los textos lo que no dicen, dando un peso excesivo y determinante a las supuestas intenciones de una autoría dudosa, obviando la posibilidad de la explosión de ideas que flotan aisladas y se encarnan en lo que encuentran, viajando como polizontes en letras ajenas, encon­trando en esa clandestinidad su vía de escape, como el genio encerrado en su botella del que tememos su potencia, que advertimos en los párra­fos trémulos de Parmenides, siempre víctima de una taxonomía que nos acompaña por siglos – nue­va prueba del cercenamiento de un arte que necesi­ta ser controlado -, a los que permitimos esta­llar cuando le hacemos confesar a sus líneas que la apariencia es, que lo real es apariencia, que no hay nada por afuera de las miríadas de exé­gesis, cayendo por un instante en ese abismo tan temido que milagrosamente, si somos capaces de soportar ese dolor, puede hacer aparecer la chance de esa eternidad en donde todo ya está en su lugar.