La eternidad del dilema

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La eternidad del dilema

«’Por lo tanto, ves [él le está hablando a Theaetetus] que es imposible, correctamente, expresar o decir o pensar lo que no es en y por sí mismo; es impensable, indecible, inex­presable e inexplicable’. Esta es una conclusión Parmeni­deana rígida argumentada por el Extraño Eleático ante unTheaetetus que ha sido excitado por la idea de una transgre­sión rápida pero que pronto lo encuentra en un impasse abso­luto.»…» El Sofista nos hace testigos aquí de algo excepcional: una invención. Aunque parezca ser una refutación no es real­mente una; es realmente una invención, es decir esa que es el cambio desde un regimen de lo posible a otro, o una división de la ley. Esto es porque’ hace perfecto sentido decir que la refutación es imposible, que la misma idea de eso es loco, y sin embargo llevarlo a cabo.» (De «Parménides», por A. Badiou)

Una forma de reconocer a un científico en el medio de una audiencia heterogénea, nos dice Marvin Minsky, es pregun­tar a viva voz quien de los presentes desearía vivir 400 años, admitiendo la afirmación como señal inequívoca de ese afán incontenible al encuentro de la verdad que suponen encerrada en el laboratorio, como el genio de la botella, a la espera de una liberación que presenta como problema un tiempo que excede el paréntesis de una vida normal (idea por demás bizarra arenas nos detenemos, toda vez que la misma idea de progreso, indispensable en este ámbito, reconoce la continuidad de generaciones para hacer el trabajo), ilusión que conlleva al menos dos premisas, a saber, primerala curiosa sensación que la interpretación por siempre arbi­traria que sobrevendrá al fantástico hallazgo es más impor­tante que todas las demás que inundan la historia y segun­da, la que dicta que todo es cuestión de tiempo, sin lugar a restos indomables, a las que podríamos agregar cierto anhelo de trascendencia, más del lado de un interés dema­siado humano para ser contado como rasgo distintivo de aquellos destinados a mostrarnos el camino (y destructor además, de cualquier atisbo de virtud que precisa de un des­prendimiento total para lograr su estado), pero lo más llama­tivo en esta propuesta de Minsky es la equiparación con el artista que tomaremos por razones bien diferentes y a la vez con sus propias condiciones (como toda teoría precisa), una de las cuales resulta de asumir que el científico es ca­paz de mantener intacto su entusiasmo a pesar de tener la absoluta certeza del polvo en que su solución se conver­tirá (¿será para contrarrestar seme ‘ante escollo que talla­mos los bronces que veneramos, dando una subrepticia espe­ranza de eternidad?), actuando solo como un desenvolvedor de paquetes inútiles (dejamos de lado la razón técnica, que siempre podrá exponer buenas razones relacionadas con una onticidad acotada), desembocando entonces en esa semejanza con el artista postulada, que a su vez confluye en el oxímoron que Badiou cree advertir en El Sofista, como una invención que traza una marca en la historia, dejando de un lado a la rigidez Parmenideana, reconocien­do su reinado y del otro, casi en una maniobra que desea pasar inadvertida – de otro modo, la oposición a­bierta solo generaría polos de discusión triviales -, el desafío ilógico a lo que se sabe verdadero, como si lo real – sitio común al peculiar conjunto de científicos y artistas que antes hemos definido – solo apareciera como un polizonte en un viaje imposible, que, a esta altura, a diferen­cia del hito histórico que según Badiou marca, deja advertir su eternidad.