

La ética de lo indecidible
«Si despreciamos el placer entonces estamos menos propensos a desviarnos. Es haciendo esto entonces (para resumir) que podremos mejor acertar al medio.» … «Pero esto es sin duda difícil, y especialmente en casos individuales; porque no es fácil determinar ambos como y con quién y con qué provocación y cuánto tiempo Juno debería estar enojado; porque nosotros también algunas veces halagamos a aquellos que no reaccionan y los llamamos de buen temperamento, pero a veces halagamos a aquellos que se enojan y lo llamamos hombría.» … «Pero hasta qué punto y hasta dónde un hombre puede desviarse antes de convertirse en objeto de crítica, no es fácil de determinar por razonamiento, no más que cualquier cosa que es percibida por los sentidos; tales cosas dependen de hechos particulares y la decisión descansa en la percepción.» … «… debemos inclinarnos algunas veces hacia el exceso, algunas veces hacia el defecto; por lo tanto deberemos más fácilmente acertar al medio y a lo que es correcto.» (De “Nicomachean Ethics”, por Aristóteles).
Nuevamente a la hora de juzgar, aparecen los problemas sin solución, en esa partición infinita de la línea entre extremos que genera nuevos medios y nuevos extremos en cada intento, condenados a una actividad inútil y aburrida que solo termina cuando nos rendimos a la prescripción, siempre atada a la conveniencia de quien la dicta, a lo que se agrega la circunstancia, capaz de hacernos cambiar de opinión dependiendo de esta o aquella perspectiva, y para nuestro horror y sorpresa, se nos dice que el razonamiento es incapaz de ayudarnos (¿qué hemos hecho hasta ahora si no ha sido razonar?) en los engaños de la percepción y caemos en la cuenta que inevitablemente siempre estaremos en un extremo o en otro, pero lo que es aún más alarmante es que el lugar, cualquiera que sea, en el que estemos en esa línea a la que la razón no puede ofrecerle otra cosa que la división infinita, es al mismo tiempo un extremo, el otro y el medio, en una indiferenciación vertiginosa que no puede menos que recordarnos a Sócrates cuando desorienta al más convertido de los generales, que nos hace recurrir a la misma razón que nos ha llevado hasta este indeseable lugar para explorar la posibilidad de tomarnos de la solapa para saltar confiando que una vez que reconozcamos la inconsistencia en la que nos hemos internado, después de tomar el manual que convertirá a nuestros actos en éticos, podremos arrojar la escalera que nos ha proporcionado sin chance de más preguntas.