La ética del oráculo

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La ética del oráculo

«Preferiría no parecer insolente, si pudiera evitarlo. Tampoco está deseoso de apresurar su propio fin, por que la vida y la muerte son simplemente indiferen­tes para él.»…»Con sus acusadores solo discutirá y jugará, como había discutido con otros «mejoradores de la juventud», respondiendo al Sofista de acuerdo a su sofistería toda su vida.»…»La dedicación de sí mismo a la mejora de sus conciudadanos no es tan notable como el espíritu irónico en el que hace el bien solo en reivindicación del crédito del oráculo y en la vana esperanza de encontrar un hombre mas sabio que él mismo. Sin embargo, este caracter singular y casi accidental de su misión concuerda con el signo divino que, según nuestras nociones, es igualmente accidental e irracional y sin embargo es aceptado por él como el principio rector de su vida.» (De «Plato: The complete works», por Benjamin Jowett)

Descartes creyó encontrar en la glándula pineal el nexo siempre esquivo entre el cuerpo y la mente (aunque la acumulación de tortugas lo haya llevado, como a tantos otros, hasta Dios, integrándose a una ca­dena interminable de diferentes ligaduras que intentan pegar ámbitos absolutamente disímiles, en nuestros días epitomizados por la cola de la sirena de Penrose, hundida en la incertidumbre cuántica, y su torso en nuestro pobre y determinado universo en donde la causalidad reina (por razones que idealistas y objetivistas seguiran disputando), como si estuviéramos destinados a reparar lo que rompe­mos en primer lugar, en una dialéctica extraña que consiste en generar para destruir (podemos citar a Marcel Mauss y su lógica del Potlach, o, mas cercano, a Keynes que inventa trabajo en la certeza que ese impulso ficticio terminará consolidándose en lo real), con el objetivo – que desconocemos y del que somos solo instrumentos – que las cosas (cual­quier definición que le demos) fluyan, se desplacen, colisionen, en una ceguera colectiva de personas, palabras y cosas, que al mismo tiempo pretendemos frenar, diseccionando, localizando (es curioso como ciertos prefijos ganan en popularidad, dependiendo de los paradigmas con los que conviven – en una épo­ca asistimos a la proliferación de los» psi» y hoy, en un giro en el que valdría la pena bucear, asistimos a los» neuro»), para afirmarnos en convicciones que no pueden dejar de aspirar a convertirnos en amos, que encuentran en Sócrates un escollo ines­perado, mezcla de vigilancia y negligencia, ponien­do a la par la aceptación de las normas y la rebeldía irracional y atroz de guiar su vida por el pronunciamiento arbitrario de un oráculo.