La excusa

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La excusa 

«Un hombre debe primero apreciar la importancia de lo que llamamos deber, la autoridad de la ley moral y la dignidad inmediata que el seguirla le otorga a la persona a sus propios ojos.”…»No niego que, dado que la voluntad humana es, en virtud de la libertad, capaz de ser determinada inmediatamente por la ley moral, una práctica frecuente de acuerdo con este principio de determinación puede, al menos, producir subjetivamente un sentimiento de satisfacción; por el contrario, es un deber establecer y cultivar esto, que solo merece ser llamado propiamente el sentimiento moral.» (De The Critique of Practical Reason por I. Kant).  

«… surgió una orden para combatir esta sanción, tan incontrovertible como un voto: ‘Debes devolver las 3.80 coronas al Teniente A’.”…”Ideó la solución más extraña a su problema. Iría a la oficina de correos con A y B, donde A le daría 3,80 coronas a la chica que se encargaba del correo, y la chica le daría este dinero a B para que pudiera devolverle a A las 3,80 coronas de acuerdo a la estricta redacción de su voto.» (De “The Ratman», por S. Freud)  

El apego ciego a una ley moral ciega irrumpe como un comienzo violento — teniendo en cuenta la falta de la cadena causal, única capaz de suavizar y generar placer —, como un Big Bang inexplicable en su singularidad –, aunque se asiste a un inquietante potencial trastocamiento dicho al paso para pasar desapercibido que consiste en generar las bases de su propio nacimiento — siguiendo con la analogía, a la manera de la Cosmología Cíclica Conforme de R. Penrose, en donde los universos, con solo fotones fuera ya del tiempo producen el comienzo —, envuelto en suscitar un sentimiento que lo antecede y lo pone en riesgo (cultivarlo implicaría actuar ya con vistas a un objetivo espurio, devolviendo la visión que elimina su aparición), capaz de salvarse si se reconoce que esa satisfacción se ha desprendido del terreno familiar del placer, solo resultado de una repetición compulsiva y sin sentido que, debe ser dicho, es casi imposible de lograr (de ahí la asíntota propuesta por Kant que a su vez presenta el problema del estatuto de la diferencia infinitesimal que torna indecidible el apego a la ley), a partir de cuya dificultad suprema hace su entrada la magnífica descripción del hombre de las ratas, que teje sus palabras como si fueran un fluido que escapa un segundo antes de que su trayecto sea descubierto, para atarse a un voto que transpira crueldad y goce que deja sin palabras al mismísimo Freud («… una expresión compuesta muy extraña es visible en su rostro, que solo puedo interpretar como horror ante el placer que ni siquiera sabe que siente»), que convierte a la devolución de las 3.80 coronas al Teniente A, al que ni siquiera pertenecen, en una excusa para expresar el empecinamiento del sin sentido a través de un arte maravilloso plegado al — de todas maneras — inescapable sufrimiento.