

La exudación
«No solamente este razonamiento prueba que la moralidad no consiste en ninguna relación que es el objeto de la ciencia, sino que si se examina probará con igual certeza que no consiste en ningún hecho que pueda ser descubierto por el entendimiento.”…» El vicio y la virtud, por lo tanto, pueden ser comparados con sonidos, colores, calor y frío, lo que, de acuerdo a la filosofía moderna, no son cualidades en objetos, sino percepciones en la mente.» (De “A Treatise of Human Understanding”, por D. Hume)
«Una de estas figuras, la de Lady Macbeth, inmortal creación de Shakespeare, nos presenta con toda evidencia el caso de una vigorosa personalidad, que después de luchar con tremenda energía por la consecución de un deseo, se derrumba una vez alcanzado el éxito.» (De “Varios tipos de carácter descubiertos en la labor analítica”, por S. Freud)
«Nuestros actos prosiguen su camino, que no conoce término. Maté a mi rey para que Shakespeare urdiera su tragedia.» (De “Quince monedas”, por J.L Borges)
Casi siempre, es interesante demorarse en el título de cualquier intento artístico y “El hombre que no estuvo ahí” (“The Man Who Wasn’t There”, de Joel y Ethan Coen), está lejos de ser una excepción (probablemente el fenómeno se deba a la necesidad de señalamiento de lo que el texto, la pintura, la película, etc., transpira sutilmente, sin las estridencias de relatos lineales y claros — La fuente de Duchamp o Eraserhead, de D. Lynch, son otros ejemplos), revelando el deambular vacío de Ed Crane, que no se inmuta por ninguna de las tragedias en las que está incluido — Frank, su cuñado, y «Big» Dave, el amante de su esposa, le espetan por separado «¿pero qué clase de hombre es vd.?», dando cuenta de la atroz originalidad de su carácter —, en primeros planos en donde no existe la menor traición de sus músculos faciales, denotando la absoluta desconexión de su cuerpo con sus sentimientos (principio de funcionamiento del polígrafo, cuyas mediciones de frecuencia cardíaca, presión arterial, respiración y conductancia de la piel, demostrarían su impotencia), generando fascinación que provoca la paradoja de un vacío nuclear que a la vez se convierte en combustible — Ed va encadenando como un sonámbulo eslabones a la cadena (desde cómo obtener los 10.000 usd, con la convicción de antemano que será estafado, pasando por el asesinato de «Big» Dave, hasta el insulso camino a la silla eléctrica), como si la narración misma, su forma sin contenido, su incesante insistencia fuera el único motor posible, relegando el juicio acerca de la virtud o el vicio a la percepción de los colores de Hume (bella imagen que despoja de un golpe a los argumentos de la razón de todo poder, construyendo indirectamente el espacio de una verdad distinta en el arte), ajeno a los argumentos y contraargumentos — quizás una de las razones por las que Freud debe desechar a Lady Macbeth para explicar su teoría, al no desplegar en el tiempo intentos y relaciones —, que ahora justifican las acciones humanas solo por su capacidad de exudar palabras.