

La felicidad imposible
«Y de esta manera, si el caso de la valentía es similar, (a la práctica del boxeo), la muerte y las heridas serán dolorosas para el valiente y contra su voluntad, pero las enfrentará porque es noble hacerlo o porque es vil no hacerlo. Y cuanto más posea la virtud en su totalidad y más feliz sea, más le dolerá la idea de la muerte. Porque la vida es la más digna de ser vivida para un hombre así, y está perdiendo a sabiendas, los mayores bienes y esto es doloroso. Pero no es menos valiente y tal vez lo sea aún más porque elige nobles actos de guerra a ese costo. No es pues el caso de todas las virtudes que el ejercicio de ellas sea agradable, sino en la medida en que llega a su fin.» (De “Nicomachean Ethics” por Aristóteles)
Después del necesario golpe de fe — el que se necesita ante la escasez de promesa (quizás tengamos aquí otra diferenciación posible con las commodities que solo existen en la esperanza de un retorno) — que nos permite dar un comienzo a lo que la incertidumbre del resultado impedía ni siquiera iniciar después de aceptar la asepsia del manual que independiza de motivos siempre presentes en un asedio inevitable, haciendo también irrelevantes a las consecuencias — solo porque es noble hacerlo, condición imprescindible para el próximo paso —, después de reconocer que el movimiento revelador se epitomiza en la plena quietud, dando paso, a la atención flotante, única, capaz de hacer vibrar en el lugar el esplendor de una virtud que reverbera en su contrario desafiándonos a tirar la escalera y resignarnos a la incomunicación del portento al que hemos asistido como al paso de un fantasma, después de todo eso y cuando creíamos que habíamos sorteado el último escollo, que habíamos vadeado el último tranco (no es esta justamente la sensación ineludible y a la vez el alerta imperioso, mezcla de victoria y frustración que debemos ser cuidadosos en atender sin ceder el llamado tentador de un merecido descanso?), se nos aparece como un monstruo inesperado, un vórtice que crece y se convierte en potenciador de lo inalcanzable, porque somos dichos que en ese instante cercano a la conquista, nuestro apego a la vida que nos ha proporcionado semejante coronación, se multiplica geométricamente, haciendo aún más difícil el fin que en sí misma la virtud ostenta, plegada como está a la felicidad (dicho sea de paso, la única acción que finaliza con ella misma sin continuación en resultados) que se escapa en el mismo santiamén, como en el paso de comedia en el que el actor, a punto de tomar lo que se ha caído, provoca en el mismo movimiento de recolección el puntapié que impulsa al objeto más adelante y fuera del alcance y así sin fin, dejando como único cierre posible a la muerte del valiente que facilitará las cosas aboliendo la adhesión siempre en crecimiento en cada cuota de virtud aplicada aunque al mismo tiempo, como no podía ser de otra manera, nos hemos quedado sin nada.